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Dinastía Manchú

(O dinastía Ts’ing). Última dinastía reinante en China (1644-1912). Eran guerreros tunguses venidos de Siberia, infiltrados en Manchuria desde el siglo XVI; en 1644 consiguieron tomar Pekín y derrocar a los Ming, imponiendo su dominio al resto de China en 1651.

Los emperadores K’ang-hi (1662-1722) y K’ien-long (1736-96) extendieron el poder de China a Mongolia, Tíbet, Asia Central y Corea. Al mismo tiempo, China se fue cerrando cada vez más sobre sí misma, expulsando a los misioneros cristianos (1724) y limitando estrictamente el comercio con Occidente. La presión inglesa para que China se abriera a la influencia occidental se concretó en la Guerra del Opio (1841-42), que obligó al emperador Tao Kuang (1821-50) a ceder la isla de Hong-Kong y abrir cinco puertos al comercio británico (Tratado de Nankín, 1842); norteamericanos y franceses obtuvieron ventajas análogas en los años siguientes.

La crisis del imperio se agravó durante el reinado de Hsien Feng (1850-61), al estallar la revuelta entre mística y colectivista de los T’ai-p’ing (1850-64), que controló toda la China meridional durante más de diez años y sólo pudo ser vencida con la ayuda de los occidentales. Éstos, por su parte, siguieron presionando para obtener ventajas comerciales y políticas, llegando a ocupar Pekín en 1860. Franceses e ingleses obtuvieron nuevas concesiones por el Tratado de T’ien-tsin (1858) y las Convenciones de Pekín (1860). Rusia se sumó al reparto anexionándose la ribera septentrional del Amur (1858) y el territorio entre el Usuri y el Pacífico (1860).

De esa época data la influencia determinante en la corte de la emperatriz viuda Ts’eu-hi (1861-1908), que dominó a los emperadores nominales, su hijo T’Ung-Chih (1861-75) y su sobrino Kuang-su (1875-1908); fue ella quien impuso una política conservadora a ultranza a pesar de que la situación del país no paraba de deteriorarse. La pugna por Corea llevó a la Guerra Chino-Japonesa (1894-95), que demostró hasta qué punto el imperio manchú se encontraba atrasado en comparación con el industrializado Japón. Por el Tratado de Shimonoseki (1895) China perdió Corea, Formosa, las islas Pescadores y la península de Liao-tung.

La postración de China aceleró la penetración extranjera: los rusos prolongaron el ferrocarril Transiberiano hasta Vladivostok a través de Manchuria y se establecieron en Port-Arthur; alemanes, franceses e ingleses añadieron nuevas bases a las que ya tenían.

La continua humillación de China llevó al poder en 1898 al partido reformador, que se afanó en reestructurar la Administración, el ejército y la enseñanza, para librarse de la tutela occidental. Pero un golpe palaciego de Ts’eu-hi frenó las tendencias modernizadoras. Desde entonces alentó las sociedades secretas xenófobas y tradicionalistas, que promovieron la Guerra de los Bóxers (1900) contra los occidentales. Un cuerpo expedicionario occidental recuperó el control militar, ocupando de nuevo Pekín. La Guerra Ruso-Japonesa de 1905 fue, en realidad, un conflicto por el reparto de territorios que se le iban arrebatando a China: Japón estableció un protectorado sobre Corea y Manchuria.

Ante tantas derrotas, la propia Ts’eu-hi adoptó posiciones reformistas, llegando a transformar China en una monarquía constitucional en 1908. La muerte de Ts’eu-hi y de Kuang-su en aquel mismo año interrumpieron el proceso. El Trono pasó a un niño de tres años, Pu-yi (1908-12), mientras ejercía como regente su padre, Tch’uen, ligado al partido tradicionalista. La detención de las reformas dejó la iniciativa en manos de los revolucionarios nacionalistas de Sun Yat-sen, que establecieron la República en 1911 y forzaron la abdicación del último emperador en 1912.

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