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Rafael Maroto

Militar español, jefe del ejército carlista (Lorca, Murcia, 1783 - Concón, Chile, 1847). Combatió en la Guerra de la Independencia (1808-14) y en los intentos españoles por conservar Perú y Chile durante las guerras de emancipación de las colonias americanas. Volvió a la Península, ya como general, en 1825, y fue nombrado gobernador militar de Toledo.

El conflicto dinástico desatado a la muerte de Fernando VII entre su hermano Carlos María Isidro y los partidarios de Isabel II le hizo dimitir y unirse a los carlistas en defensa de la monarquía absoluta, motivo por el que fue procesado y hubo de huir para reunirse en Portugal con el pretendiente.

Durante la Primera Guerra Carlista (1833-40) don Carlos hizo de él uno de sus principales jefes militares, primero como gobernador militar de Vizcaya, luego como comandante en jefe del ejército de Cataluña (1836) y, por fin, como comandante en jefe del ejército del Norte (1838).

Sin embargo, su liderazgo fue muy contestado en las filas del carlismo, tanto por la irregularidad de los resultados militares (en Cataluña cosechó una derrota total) como por su tendencia a buscar un entendimiento con el enemigo (por ejemplo, fue él quien propuso sin éxito liquidar la escisión dinástica casando a la princesa Isabel con el primogénito de don Carlos).

Maroto reaccionó contra sus oponentes haciendo fusilar a los generales carlistas discrepantes. Cuando don Carlos le apartó del mando, Maroto hizo detener a su sustituto y firmó por su cuenta un acuerdo con el jefe militar del bando isabelino (Espartero), que puso fin a la guerra civil en el decisivo frente del Norte (Convenio de Vergara, 1839). En virtud de dicho acuerdo, el Gobierno liberal confirmó los fueros tradicionales de las provincias vascas, y Maroto y sus hombres se integraron en el ejército regular español; él llegaría a ser capitán general y magistrado del Tribunal Supremo militar.

Maroto se decidió a firmar la paz cuando se convenció de que la relación de fuerzas hacía imposible una victoria carlista, e incluso dudó en el último momento y firmó presionado por sus subordinados; no obstante, muchos carlistas le consideraron un traidor a la causa. Después del Convenio de Vergara, la guerra sólo siguió viva en el Maestrazgo, alentada por Cabrera, a quien pronto derrotaría también Espartero (1840).

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