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James Monroe

Quinto presidente de los Estados Unidos de América, último de la generación que protagonizó la Revolución por la Independencia (Westmoreland, Virginia, 1758 - Nueva York, 1831). Se unió al ejército de George Washington en 1776. Terminada la guerra contra Gran Bretaña con el reconocimiento de la independencia de los Estados Unidos, Monroe hizo una brillante carrera política: fue miembro del Congreso Continental (1783-86), senador (1791-94), embajador en París (1794-96) y en Londres (1893-06), gobernador de Virginia (1799-1802 y 1811), secretario de Estado (1811-17) y de Guerra (1814-15) y, por fin, presidente de Estados Unidos (1817-25).

Desde que se opuso a la aprobación de la Constitución de 1787, Monroe fue un cualificado defensor de la autonomía de los Estados frente al poder del gobierno federal, siguiendo la línea del Partido Republicano que fundaran Jefferson y Madison (antecedente del actual Partido Demócrata). Pero, una vez elegido presidente (1816), se consideró más hombre de Estado que de partido y trató de representar a toda la nación. En consecuencia, durante sus dos mandatos se apaciguaron las tensiones políticas entre federalistas y republicanos.

Aunque cuestionó la competencia del Congreso para restringir la esclavitud en los diferentes Estados, aceptó el equilibrio pactado entre los intereses del Norte y los del Sur por el Compromiso de Missouri (1820), que dividía el país en Estados esclavistas y Estados abolicionistas. La Administración Monroe fijó también las fronteras con el Canadá británico (Convención de Londres, 1818) y extendió el territorio estadounidense mediante la compra de Florida a España (1819).

Pero es recordado, sobre todo, por haber acuñado la doctrina Monroe, sintetizada en la máxima: «América para los americanos» (1823). Dicha idea, pronunciada en el contexto de los intentos españoles por reconquistar las colonias que había perdido en el continente americano, iba dirigida sobre todo contra las tentaciones de otras potencias europeas (fundamentalmente Gran Bretaña) de extender su influencia sobre América ocupando el vacío que dejaba el hundimiento de los imperios español y portugués (de hecho, se formuló como respuesta a la invitación británica para iniciar una política conjunta en Iberoamérica).

La idea presidiría la política exterior de Estados Unidos hasta nuestros días, considerando todo el hemisferio americano como zona de influencia exclusiva, en la que cualquier intromisión de las potencias europeas sería considerada un acto hostil. Expresaba así Monroe un pensamiento, muy extendido entre los dirigentes norteamericanos, según el cual la nación que habían fundado, una vez consolidadas sus instituciones republicanas y rotos los lazos con la vieja Europa, estaba llamada a cumplir un destino especial, que comenzaba por afirmar su independencia y hegemonía continental y exigir el respeto de las grandes potencias.

El final de su presidencia estuvo marcado por las disputas sucesorias, que bloquearon las iniciativas políticas del presidente. Retirado de la vida pública, vivió sus últimos años con grandes dificultades económicas.

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