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Meteorología
I.
Introducción
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Meteorología y Climatología
La meteorología es la ciencia que se ocupa de los fenomenos que
ocurren a corto plazo en las capas bajas de la atmósfera, o sea, donde
se desarrolla la vida de plantas y animales.
La meteorología estudia los cambios atmosféricos que se producen a cada
momento, utilizando parámetros como la temperatura del aire, su humedad,
la presión atmosférica, el viento o las precipitaciones. El objetivo de
la meteorología es predecir el tiempo que va a hacer en 24 o 48 horas y,
en menor medida, elaborar un pronóstico del tiempo a medio plazo.
La climatología es la ciencia que estudia el clima y sus
variaciones a lo largo del tiempo. Aunque utiliza los mismos parámetros
que la meteorología, su objetivo es distinto, ya que no pretende hacer
previsiones inmediatas, sinó estudiar las características climáticas a
largo plazo.
El clima es el conjunto de fenómenos meteorológicos que caracterizan las
condiciones habituales o más probables de un punto determinado de la
superficie terrestre. Es, por tanto, una serie de valores estadísticos.
Por ejemplo, aunque en un desierto se pueda producir, eventualmente, una
tormenta con precipitación abundante, su clima sigue siendo desertico,
ya que la probabilidad de que esto ocurra es muy baja.
Vea los climas y temperaturas del
mundo [Aquí]

La predicción del tiempo atmosférico
La
meteorología y la climatología estudian la atmósfera desde varias
perspectivas. Por un lado, describen las condiciones generales del
tiempo atmosférico en una zona y época concretas. Por otro, investigan
el comportamiento de las grandes masas de aire con el fin de establecer
leyes generales respecto a su influencia sobre otros factores.
Finalmente, analizan cada uno de estos factores particulares (temperatura,
presión, humedad, ... ) con el fin de descubrir las leyes que los
gobiernan y poder hacer una previsión del tiempo acertada.
La meteorología tiene diversas aplicaciones prácticas, además de las
evidentes. Por ejemplo, la meteorología aeronáutica se especializa en
todo lo que afecta al tráfico aéreo; la meteorología agraria pretende
predecir las condiciones adecuadas para las distintas labores agrícolas;
la meteorología médica estudia la influencia de los factores
atmosféricos sobre la salud humana.
Los mapas del tiempo
El mapa del tiempo que podemos ver en el periódico o la televisión es el
resultado de siglos de experiencia. Inicialmente se trataba de simples
anotaciones sobre fenómenos meteorológicos observados en distintos
lugares.
Con el tiempo se fueron perfeccionando. La invención de diversos
aparatos de medición (higrómetro, termómetro, barómetro, anemómetro, ...
) hizo proliferar la aparición de estaciones meteorológicas y de
organismos, a nivel regional, nacional e internacional, encargados de
recopilar los datos y organizarlos.
El verdadero avance llegó, sin embargo, en el siglo XX, con la puesta en
órbita de satélites meteorológicos dotados de instrumentos fotográficos
y analíticos cada vez más sofisticados. La informática ha contribuido
enormemente a este avance, ya que los ordenadores son capaces de
procesar muchos datos en poco tiempo y de elaborar modelos climàticos y
de previsiones.
Meteorología, estudio científico de la atmósfera de la Tierra.
Incluye el estudio de las variaciones diarias de las condiciones
atmosféricas (meteorología sinóptica), el estudio de las propiedades
eléctricas, ópticas y otras de la atmósfera (meteorología física); el
estudio del clima, las condiciones medias y extremas durante largos
periodos de tiempo (climatología), la variación de los elementos
meteorológicos cerca del suelo en un área pequeña (micrometeorología) y
muchos otros fenómenos. El estudio de las capas más altas de la
atmósfera (superiores a los 20 km o los 25 km) suele implicar el uso de
técnicas y disciplinas especiales, y recibe el nombre de aeronomía. El
término aerología se aplica al estudio de las condiciones
atmosféricas a cualquier altura.
II.
Historia
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Los
estudiosos de la antigua Grecia mostraban gran interés por la atmósfera.
Ya en el año 400 a.C. Aristóteles escribió un tratado llamado
Meteorologica, donde abordaba el "estudio de las cosas que han sido
elevadas"; un tercio del tratado está dedicado a los fenómenos
atmosféricos y el término meteorología deriva de su título. A lo
largo de la historia, gran parte de los progresos realizados en el
descubrimiento de leyes físicas y químicas se vio estimulado por la
curiosidad que despertaban los fenómenos atmosféricos.
La
predicción del tiempo ha desafiado al hombre desde los tiempos más
remotos, y buena parte de la sabiduría acerca del mundo exhibida por los
diferentes pueblos se ha identificado con la previsión del tiempo y los
almanaques climatológicos. No obstante, no se avanzó gran cosa en este
campo hasta el siglo XIX, cuando el desarrollo en los campos de la
termodinámica y la aerodinámica suministraron una base teórica a la
meteorología. Las mediciones exactas de las condiciones atmosféricas son
también de la mayor importancia en el terreno de la meteorología, y los
adelantos científicos se han visto potenciados por la invención de
instrumentos apropiados de observación y por la organización de redes de
observatorios meteorológicos para recoger datos. Los registros
meteorológicos de localidades individuales se iniciaron en el siglo XIV,
pero no se realizaron observaciones sistemáticas sobre áreas extensas
hasta el siglo XVII. La lentitud de las comunicaciones también
dificultaba el desarrollo de la predicción meteorológica, y sólo tras la
invención del telégrafo a mediados del siglo XIX se hizo posible
transmitir a un control central los datos correspondientes a todo un
país para correlacionarlos a fin de hacer una predicción del clima.
Uno de los
hitos más significativos en el desarrollo de la ciencia moderna de la
meteorología se produjo en tiempos de la I Guerra Mundial, cuando un
grupo de meteorólogos noruegos encabezado por Vilhelm Bjerknes realizó
estudios intensivos sobre la naturaleza de los frentes y descubrió que
la interacción entre masas de aire genera los
ciclones, tormentas típicas del hemisferio norte. Los posteriores
trabajos en el campo de la meteorología se vieron auxiliados por la
invención de aparatos como el rawinsonde o radiosonda, descrito
más adelante, que hizo posible la investigación de las condiciones
atmosféricas a altitudes muy elevadas. Después de la I Guerra Mundial,
un matemático británico, Lewis Fry Richardson, realizó el primer intento
significativo de obtener soluciones numéricas a las ecuaciones
matemáticas para predecir elementos meteorológicos. Aunque sus intentos
no tuvieron éxito en su época, contribuyeron a un progreso explosivo en
la predicción meteorológica numérica de nuestros días.
III.
Observación del clima
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La mejora
en las observaciones de los vientos a gran altitud durante y después de
la II Guerra Mundial suministró la base para la elaboración de nuevas
teorías sobre la predicción del tiempo y reveló la necesidad de cambiar
viejos conceptos generales sobre la circulación atmosférica. Durante
este periodo las principales contribuciones a la ciencia meteorológica
son del meteorólogo de origen sueco Carl-Gustav Rossby y sus
colaboradores de Estados Unidos. Descubrieron la llamada corriente en
chorro, una corriente de aire de alta velocidad que rodea el planeta a
gran altitud. En 1950, gracias a las primeras computadoras, fue posible
aplicar las teorías fundamentales de la termodinámica y la hidrodinámica
al problema de la predicción climatológica, y en nuestros días las
grandes computadoras sirven para generar previsiones en beneficio de la
agricultura, la industria y los ciudadanos en general.
A.
Observaciones desde la superficie
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Las
observaciones hechas a nivel del suelo son más numerosas que las
realizadas a altitudes superiores. Incluyen la medición de la presión
atmosférica, la temperatura, la humedad, la dirección y velocidad del
viento, la cantidad y altura de las nubes, la visibilidad y las
precipitaciones (la cantidad de lluvia o nieve que haya caído).
Para la
medición de la presión atmosférica se utiliza el barómetro de mercurio.
Los barómetros aneroides, aunque menos precisos, son también útiles, en
especial a bordo de los barcos y cuando se usan junto con un mecanismo
de registro llamado barógrafo para registrar las tendencias barométricas
a lo largo de un cierto periodo de tiempo. Todas las lecturas
barométricas empleadas en los trabajos meteorológicos se corrigen para
compensar las variaciones debidas a la temperatura y la altitud de cada
estación, con el fin de que las lecturas obtenidas en distintos lugares
sean directamente comparables.
Para la
observación de la temperatura se emplean muchos tipos diferentes de
termómetros. En la mayor parte de los casos, un termómetro normal que
abarque un rango habitual de temperaturas es más que suficiente. Es
importante situarlo de modo que queden minimizados los efectos de los
rayos solares durante el día y la pérdida de calor por radiación durante
la noche, para obtener así valores representativos de la temperatura del
aire en la zona a medir.
El
instrumento que se utiliza más a menudo en los observatorios
meteorológicos es el higrómetro. Un tipo especial de higrómetro,
conocido como psicrómetro, consiste en dos termómetros: uno mide la
temperatura con el bulbo seco y el otro con el bulbo húmedo. Un
dispositivo más reciente para medir la humedad se basa en el hecho de
que ciertas sustancias experimentan cambios en su resistencia eléctrica
en función de los cambios de humedad. Los instrumentos que hacen uso de
este principio suelen usarse en el radiosonda o rawisonde,
dispositivo empleado para el sondeo atmosférico a grandes altitudes.
El
instrumento más utilizado para medir la dirección del viento es la
veleta común, que indica de dónde procede el viento y está conectada a
un dial o a una serie de conmutadores electrónicos que encienden
pequeñas bombillas (focos) en la estación de observación para indicarlo.
La velocidad del viento se mide por medio de un anemómetro, un
instrumento que consiste en tres o cuatro semiesferas huecas montadas
sobre un eje vertical. El anemómetro gira a mayor velocidad cuanto mayor
sea la velocidad del viento, y se emplea algún tipo de dispositivo para
contar el número de revoluciones y calcular así su velocidad.
Las
precipitaciones se miden mediante el pluviómetro o un nivómetro. El
pluviómetro es un cilindro vertical abierto en su parte superior para
permitir la entrada de la lluvia y calibrado en milímetros o pulgadas,
de modo que se pueda medir la profundidad total de la lluvia caída. El
nivómetro es también un cilindro que se hinca en la nieve para obtener
una muestra. Después se funde ésta y se mide en términos de profundidad
equivalente de agua, permitiendo con ello que su medición sea compatible
con la de las precipitaciones. Las mediciones de la profundidad de la
nieve caída se efectúan con una regla similar a las reglas comunes.
Los
recientes avances producidos en el campo de la electrónica han ido
acompañados de un desarrollo concomitante en el uso de instrumentos
meteorológicos electrónicos. Uno de estos instrumentos es el
radar meteorológico, que hace posible la detección de huracanes,
tornados y otras tormentas fuertes a distancias de varios miles de
kilómetros. Para tales fines, se usan las ondas de radar reflejadas por
las precipitaciones asociadas con las alteraciones, que sirven para
trazar su curso. Otros instrumentos meteorológicos electrónicos incluyen:
el empleado para medir la altura de las nubes y el que se usa para medir
el efecto total del humo, la niebla y otras limitaciones a la
visibilidad. Ambos instrumentos suministran importantes mediciones para
el despegue y aterrizaje de los aviones.
B.
Observaciones en la atmósfera superior |
Los
métodos modernos de predicción, así como las necesidades de la aviación,
exigen que la medición cuantitativa del viento, la presión, la
temperatura y la humedad se realicen en la atmósfera libre. Estos datos
son recogidos hoy por observadores distribuidos en varios cientos de
estaciones dispersas por todos los continentes (sobre todo en el
hemisferio norte) y desde unos cuantos barcos dispersos por los océanos.
Para las
mediciones rutinarias realizadas en las capas superiores de la atmósfera,
los meteorólogos han desarrollado el rawinsonde
(radio-wind-sounding device) o radiosonda, que consiste en un
instrumento meteorológico ligero capaz de medir la presión, la
temperatura y la humedad equipado con un pequeño transmisor de radio de
alta frecuencia. El instrumento se sujeta a un globo de helio que lo
lleva hasta la atmósfera superior. Las mediciones realizadas por los
instrumentos meteorológicos son transmitidas automáticamente y recibidas
por una estación en tierra. Un radiodetector sigue la dirección del
globo mientras éste es arrastrado por los vientos de las capas
superiores de la atmósfera y, midiendo la posición del mismo en momentos
sucesivos, se puede calcular la velocidad y dirección del viento a
diferentes altitudes.
Para
obtener datos sobre la atmósfera superior se emplean también aviones, en
especial cuando los
huracanes o los tifones amenazan con afectar a zonas habitadas. Se
sigue la pista a estas peligrosas tormentas tropicales mediante aviones
de reconocimiento que se envían para localizar el centro u ojo de la
tormenta y realizar mediciones meteorológicas del viento, la temperatura,
la presión y la humedad tanto en el interior como en las cercanías de la
tormenta.
Los
métodos convencionales de observación de la atmósfera superior empiezan
a resultar cada vez más inadecuados para hacer frente a las necesidades
de los nuevos métodos de predicción numérica. Las teorías modernas sobre
la circulación atmosférica hacen cada vez más hincapié en la importancia
de la unidad global de la atmósfera, y produce gran preocupación que
existan enormes regiones oceánicas que permanecen ignotas en la práctica
para los métodos convencionales. Se mantienen, con un coste muy elevado,
algunos barcos meteorológicos, pero disponer de ellos en número
suficiente para lograr una cobertura apropiada, aunque sólo fuera en el
hemisferio norte, tendría un coste prohibitivo.
Uno de los
nuevos métodos de mayor éxito para la observación general de la
atmósfera ha sido el empleo de
satélites artificiales. Los satélites que fotografían de forma
automática la Tierra desde órbitas polares, suministran imágenes de los
patrones nubosos y las tormentas, una vez al día, a cualquier estación
meteorológica equipada para recibir sus transmisiones de radio. Casi
todos los servicios meteorológicos importantes del mundo están equipados
para recibir estas imágenes, y los países ribereños de los grandes
océanos se benefician de la capacidad para mantener una vigilancia
continua de las tormentas que amenazan a sus costas. Los sensores de
infrarrojos permiten determinar la temperatura de la parte superior de
las nubes, y de esta forma hacen posible estimar la altitud aproximada
de los sistemas nubosos de la atmósfera. Otros satélites en órbita polar
han demostrado que pueden obtenerse imágenes de alta resolución de los
sistemas tormentosos durante la noche por medio de la luz infrarroja.
Hoy se fotografían de modo continuo los patrones climáticos de más de la
mitad de la Tierra desde satélites situados en órbitas geoestacionarias
sobre puntos predeterminados del ecuador a una altitud de unos 35.400
kilómetros.
Por
desgracia, los patrones fotográficos suministrados por los satélites
tienen una utilidad limitada para los métodos modernos de predicción
meteorológica, que se basan en el empleo de mediciones de la temperatura
y la presión en el interior mismo de la atmósfera. Se están realizando
grandes esfuerzos en la investigación de nuevos métodos para recoger
datos sobre la atmósfera superior en todo el mundo. Una de las
propuestas en estudio es la Técnica de Sondeo Horizontal Global (Global
Horizontal Sounding Technique, GHOST), que combinaría una red general de
globos de flotación libre equipados con instrumentos y los datos
obtenidos por los satélites para recopilar la información necesaria.
C.
Circulación de la atmósfera |
La causa
de todos los movimientos atmosféricos es el calentamiento desigual de la
superficie terrestre por el Sol. La mayor parte del calor y la luz
inciden sobre las regiones ecuatoriales y sólo una pequeña parte va a
parar a las zonas polares. Como consecuencia de las diferencias
resultantes en la temperatura, existe una compleja circulación
atmosférica que, como uno de sus efectos, produce la transferencia de
calor desde las regiones más cálidas hacia los polos.
En los
trópicos, la circulación atmosférica sigue un patrón meridional, llamado
célula tropical de Hadley, en el que el aire desciende en cinturones
situados en torno a los 30º de latitud N y los 30° de latitud S respecto
del ecuador y asciende en las inmediaciones de éste. A baja altitud hay
una deriva general del aire hacia el ecuador, mientras que a mayor
altitud se produce una deriva compensadora hacia los polos, que completa
la célula. Al converger las dos corrientes superficiales hacia el
ecuador desde el Norte y el Sur en un cinturón de bajas presiones
llamado de calmas ecuatoriales, éstas se ven obligadas a ascender,
expandirse y enfriarse. La humedad del aire se condensa formando nubes,
que tienden a producir lluvias frecuentes sobre el área. El cinturón de
convergencia tiende a desplazarse unos cuantos grados al Norte y al Sur
con los cambios de estación. A 30º de latitud N y a 30° de latitud S
respecto del ecuador, los ramales descendentes de la célula se calientan
por efecto de la compresión, y las posibles nubes presentes tienden a
evaporarse. Como resultado, el tiempo es cálido y soleado, y predominan
los climas desérticos. Debido a la rotación de la Tierra, las corrientes
de aire ecuatoriales, llamadas vientos alisios, son desviadas hacia el
Oeste y, por consiguiente, soplan del Noreste en el hemisferio norte y
del Sureste en el hemisferio sur. Las corrientes de retorno, de gran
altitud, tienen a convertirse en vientos del Oeste (en términos
meteorológicos, los vientos se nombran en función de la dirección desde
la que soplan).
A
latitudes medias y altas, los rasgos más notables de la circulación
atmosférica son los ciclones y anticiclones migratorios, y sólo emerge
una imagen clara de la circulación global cuando se obtienen los valores
medios de estos movimientos durante varios días. Esta circulación
procede del Oeste en casi en todo el mundo, y su velocidad aumenta
rápidamente con la altitud hasta unos 23 km, donde la velocidad media
del viento puede superar los 160 km/h. La presión a nivel del mar
disminuye hacia el Norte desde los 30º hasta los 60º de latitud, donde
tiende a producirse un mínimo, y a los 60º de latitud N se desarrolla un
anticiclón poco profundo en el que prevalecen los vientos del Este.
La
circulación media al Norte de los 30º de latitud tiende a ser fuerte
durante el invierno, cuando se producen las mayores diferencias en
temperatura entre las latitudes altas y bajas. Los cinturones de altas y
bajas presiones situados en los 30º y los 60º de latitud N se desplazan
ligeramente con las estaciones, tendiendo a seguir al Sol hacia el Norte
y hacia el Sur. Los continentes ejercen también una notable influencia
sobre el flujo medio, y sus efectos son sobre todo llamativos en el
hemisferio norte, donde el contraste entre la temperatura de las masas
terrestres y la de los océanos es máxima. Durante el invierno se
desarrollan sobre Norteamérica y Asia anticiclones muy fríos, mientras
que en verano tienden a prevalecer las bajas presiones cálidas. Los
sistemas de vientos estacionales asociados a estos patrones de presión
reciben el nombre de
monzones; son muy llamativos en la India y el Sureste asiático.
Un aspecto
notable de la circulación del Oeste a latitudes medias y altas es la
presencia de vórtices ciclónicos y anticiclónicos que derivan desde el
Oeste hacia el Este y producen cambios en el clima de un día para otro.
Los vórtices que giran en sentido antihorario reciben el nombre de
ciclones extratropicales, y su intensidad tiende a ser máxima durante el
invierno, cuando los contrastes de temperatura son mayores. Estos
ciclones tienden a formarse o a regenerarse a partir de alteraciones
débiles en ciertas áreas, situadas sobre todo a lo largo de las costas
de Norteamérica y Asia, en el hemisferio norte, y también al este de las
barreras montañosas de Norteamérica y el sur de Europa. Las tormentas se
intensifican al ir desplazándose hacia el Este y el Noroeste, y tienden
a alcanzar su desarrollo máximo en las regiones de Islandia y las
Aleutianas. En estas tormentas pueden producirse vientos de más de
160 km/h en mar abierto, y las enormes olas que generan pueden recorrer
miles de kilómetros, dificultando la navegación en otras zonas y
abatiéndose sobre sus costas.
Dentro del
flujo dominante hacia el Este a latitudes medias se encuentra la
corriente en chorro, una banda estrecha de viento del Oeste de alta
velocidad que sigue un curso ondulante de Oeste a Este. Sopla a una
altitud media de 12.200 km en invierno y de 13.700 km en verano. La
velocidad del viento de la corriente en chorro puede llegar a superar
los 400 kilómetros por hora.
D.
Masas de aire y frentes
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En torno a
los 30º latitud N y los 30º latitud S y sobre los continentes, suelen
ser dominantes en invierno las altas presiones y los vientos débiles. En
estas regiones, los vientos se dispersan con lentitud en sentido
horizontal, y el aire seco desciende de las alturas para reemplazarlos.
Debido al calentamiento producido por la compresión del aire descendente,
los anticiclones tienden a estar asociados con el buen tiempo, excepto
allá donde el contacto del aire con una superficie fría pueda producir
nieblas o nubes bajas.
La mayoría
de las regiones donde tienden a prevalecer los anticiclones son bastante
uniformes en lo que se refiere a sus características superficiales y,
con los lentos movimientos divergentes, tienden a generarse grandes
masas de aire con características uniformes.
Las masas
de aire tropical marítimo que se forman sobre los océanos a unos 30º
latitud N y S, pueden ser transportadas a miles de kilómetros de
distancia, produciendo periodos de clima inusualmente cálido y húmedo y
aportando abundante agua para la formación de nubes y precipitaciones en
latitudes medias y altas. Otro tipo característico es el aire polar
continental. Situadas sobre las extensiones nevadas de Norteamérica y
Asia en invierno, estas masas de aire se vuelven muy frías, produciendo
temperaturas mínimas de -68 ºC en Siberia y de -63 ºC en Norteamérica.
Las masas
de aire tienden a juntarse para producir zonas de grandes contrastes
térmicos. Estas regiones, que fueron objeto de gran atención por parte
de los meteorólogos suecos en tiempos de la I Guerra Mundial, recibieron
el nombre de frentes y fueron reconocidos como zonas de cambio
climatológico estrechas y altamente activas. Los frentes más notables
tienden a situarse en las inmediaciones de la costa este de Norteamérica
en invierno y en las costas del Pacífico en Asia. Las masas
continentales de aire polar tienden a descender y se extienden por
debajo de las masas tropicales marítimas cálidas. Así pues, las masas de
aire caliente son empujadas hacia arriba, sobre las de aire polar, a lo
largo de las zonas frontales, y se enfrían por expansión, lo que hace
que se condensen, liberando su humedad en forma de precipitaciones.
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