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L  a  G r a n  E n c ic l o p e d i a   I l u s t r a d a  d e l   P r o y e c t o  S a l ó n  H o g a r

 
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LOS ISRAELITAS
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Durante el siglo XI China experimentó cambios importantes en su estructura política y social. Tras un reinado de unos 500 años, la dinastía de los Chang fue derrocada, y se instauró la dinastía Cheu. Su primer rey fue Wu, y provenía de los confines occidentales del país. Estableció la capital en Hao, en el valle del Wei. Distribuyó el territorio entre los miembros de su familia y los aliados. Se originó así un sistema feudal en el que unos grandes señores ejercían a la vez la autoridad política y religiosa, regulando el culto tradicional a los antepasados. Estos señores gozaban de gran independencia, y la sumisión al rey era meramente formal. Sólo los parientes más próximos (que ocuparon los estados de Qi, Lu y Jin) estuvieron realmente sometidos al monarca. En los siglos siguientes se llamó Wu a una clase de sacerdotes hechiceros que gozaron del respeto (o a veces del temor) de los chinos de todas las clases sociales. En esta época la diversidad cultural china se había subsumido en una identidad nacional por la que los chinos se distinguían a sí mismos de los bárbaros no civilizados del entorno. El mundo se concebía como un cuadrilátero, a cada uno de cuyos lados correspondía un color y una divinidad. Por encima de los dioses de los puntos cardinales, del Sol, de la Luna, de la Tierra, de las montañas, nubes, ríos y demás fenómenos naturales, estaba Shangdi, la divinidad suprema omnipotente, que residía en un palacio junto con cinco ministros. No obstante, Shangdi no contaba con santuarios, ni se le ofrecían sacrificios. Los antepasados del rey estaban en contacto con Shangdi. Los vivos podían ponerse en contacto con sus antepasados mediante un oráculo basado en la observación de huesecillos.

El rey Wu fue sucedido por su hijo Ch'eng, cuyo reinado legitimó definitivamente el cambio dinástico. Se conservan muchos documentos sobre ceremonias y actos de investidura encaminados sin duda a que la antigua nobleza aceptara a los nuevos amos.

En México aparecen las primeras manifestaciones arquitectónicas olmecas: los poblados se concentran alrededor de los centros ceremoniales, se construyen casas sobre plataformas de piedra, templos, basamentos escalonados y montículos funerarios. Aparece una mitología más estructurada. Los principales dioses eran Huehueteotl, dios del fuego y Tlaloc, dios de la lluvia. Se han encontrado cabezas colosales de más de dos metros de altura, lápidas, sarcófagos y muchas obras de gran maestría técnica.

Hacia 1100 los dorios ocuparon el Peloponeso, con lo que completaron la conquista de Grecia y terminó definitivamente la edad Micénica. Grecia cayó en la paz de los cementerios. Durante los desórdenes de los años precedentes, los campesinos tendieron a atrincherarse en ciudades amuralladas, que ahora se convirtieron en unidades autosuficientes bajo el dominio dorio, conocidas como Polis. La palabra Polis significa "ciudad" en griego, pero la polis no era una ciudad en el sentido usual. Era una ciudad-estado sin ninguna relación con las polis vecinas, con una economía de subsistencia y, en esta época, en los umbrales de la miseria. Mientras los griegos micénicos se habían mezclado con los pelásgicos, los dorios adoptaron una actitud clasista, o incluso racista, frente a los micénicos, reducidos a la esclavitud. Esparta se convirtió en una de las principales polis dorias, mientras que Micenas, Tirinto y otras ciudades importantes del periodo anterior fueron incendiadas y reducidas a tristes aldeas. Hubo, no obstante, unas pocas regiones que se libraron del dominio dorio. Una de ellas fue el Ática, con Atenas a la cabeza, y otra era Arcadia, situada en los montes más altos del Peloponeso. En estas zonas surgió una identidad jonia que reivindicaba su legítima ocupación de Grecia, frente a los dorios invasores. Así, mientras los dorios tenían a los jonios como iguales a sus esclavos, los jonios tenían a los dorios como salvajes. Una parte de la población jonia emigró a las islas del Egeo. La primera en recibirlos fue Eubea, la isla mayor del Egeo y más próxima al continente. Allí se fundó la ciudad de Calcis, cuyo nombre deriva de la palabra griega para "bronce". Probablemente fue un centro de trabajo del bronce. Al este de Calcis estaba la ciudad de Eretria, que también alcanzó cierta importancia.

Mientras tanto, Egipto seguía bajo el reinado oficial de los ramésidas y bajo el dominio real de los sacerdotes. En 1093 fue asesinado el rey asirio Teglatfalasar I y sus sucesores no supieron mantener el imperio. Las invasiones arameas se hicieron más efectivas y toda mesopotamia permaneció en la anarquía durante más de un siglo, durante el que se libraron continuos y estériles combates entre Asiria, Babilonia y Urartu. En 1075 murió Ramsés XI y fue sucedido por el sacerdote de Amón, pese a no guardar ningún parentesco con el antiguo rey. Por otro lado, en la región del delta se proclamó rey simultáneamente otro sacerdote que inauguró la XXI dinastía. Egipto volvía a estar dividido.

En Canaán, los fenicios y los filisteos ocupaban la costa con cierta prosperidad, mientras los israelitas iban afianzando sus conquistas. Aunque originalmente eran un conglomerado de tribus muy distintas en todos los aspectos, la necesidad de hacer causa común frente a los cananeos fue unificándolos y paulatinamente fueron creando una mítica historia común basada en tradiciones diversas.

El relato afirma que los israelitas eran originariamente esclavos en Egipto, a los que un patriarca llamado Moisés liberó con la ayuda de un dios poderoso. Éste hizo un pacto con los israelitas: a cambio de ser adorado les concedería una tierra prometida, habitada hasta entonces por pecadores a los que debían destruir en su nombre y con su ayuda. La forma en que debían adorar a este dios quedaba completamente estipulada en la alianza a través de un código escrito de diez mandamientos. Los israelitas (incluido el propio Moisés) incumplieron en muchas ocasiones estas leyes, así que fueron castigados a vagar por el desierto del Sinaí durante cuarenta años, de modo que sólo sus hijos verían la tierra prometida. Moisés fue sucedido por Josué, que conquistó fácilmente Canaán con la ayuda divina.

Se ha puesto en cuestión que algo de esto tenga una base histórica, pero indudablemente la ley mosaica existe y, aunque probablemente tiene muchos añadidos posteriores, su núcleo es un complejo sistema de leyes diseñado para regular la vida de un pueblo de ganaderos nómadas. Además de los diez mandamientos primitivos, había todo un sistema de leyes transmitidas oralmente que regulaban por completo la vida itinerante de los israelitas en sus aspectos penales, sociales (regulación de la propiedad, incluida la esclavitud), religiosos y hasta cuestiones de higiene y alimentación. La base del sistema de justicia era el ojo por ojo y diente por diente: los delitos de sangre se pagaban con la muerte y los daños a la propiedad con multas.  No es razonable suponer que dichas leyes fueron creadas después, cuando los israelitas ya no eran un pueblo nómada (al contrario, muchas de ellas quedaron desfasadas) y, a la vez, la ley mosaica era demasiado refinada para haber sido ideada por unos toscos pastores. Por otra parte, la leyenda de Moisés y sus antecedentes están adornados con varias fábulas de indudable origen egipcio.

Una conjetura razonable es que Moisés dirigió la retirada de un grupo (relativamente pequeño) de cananeos cuando los hicsos fueron expulsados de Egipto y los condujo hacia el Sinaí. Tal vez planeó reclutar un ejército entre la población nómada de la península con el que reconquistar Egipto o al menos una parte de Canaán. Tal vez alertó a los nativos de que un Egipto resurgido amenazaba con dominar de nuevo sus tierras y los llevó consigo hacia el sur (librándolos, en cierto sentido, de la esclavitud egipcia). Tal vez así se convirtió en caudillo de una tribu (la que después se desdoblaría en las tribus de Efraím y Manasés). En cualquier caso, podemos aceptar que alguien llamado Moisés guió por el desierto a un pueblo de pastores nómadas y que, según la Biblia, les dio unas leyes. El relato bíblico encaja aquí muy bien: como todos los legisladores de la época, Moisés no podía esperar que sus leyes fueran respetadas si no tenían un origen divino, así que debió de escoger el dios más temido por sus hombres, un dios de las tormentas al que los pastores suplicaran clemencia en los peores temporales, se retiró a un monte y volvió con unas tablas de piedra en las que estaban esculpidos los diez mandamientos básicos de su ley.

Moisés fue más meticuloso que Abraham al describir a su dios. Probablemente no lo inventó, sino que lo tomó de entre los numerosos dioses que a la sazón debían de tener sus hombres. Probablemente, este dios se llamaba Eloím. Se conocen dos textos de la época en la que los israelitas ya estaban asentados en Canaán, uno correspondiente a la tribu de Efraím y otro a la de Judá, los cuales relatan tradiciones similares, pero el dios de Efraím se llama Eloím,mientras que el dios de Judá se llama Yahveh. La tribu de Judá fue una de las últimas que se unió a la confederación de Israel, y es probable que identificara un dios propio con el dios de Efraím (igual que los egipcios identificaron en su día los dioses Ra y Amón). La versión final de la Biblia fue escrita por los judíos, por lo que el nombre definitivo del dios de Moisés fue Yahveh. De hecho, los israelitas desarrollaron más adelante la idea de que pronunciar el nombre de dios era un sacrilegio. Es posible que ello fuera un medio con el que los sacerdotes trataron de evitar polémicas sobre si el dios común de los israelitas era Eloím, Yahveh, u otro. Esto casi hace que los judíos olvidaran el nombre de su dios. En efecto, el hebreo sólo escribe las consonantes, si bien más tarde se ideó un sistema de signos ortográficos para indicar las vocales. En las ediciones de la Biblia, sobre las consonantes YHVH los judíos anotaban las vocales de Adonay, el Señor, que es lo que leían en la práctica para no pronunciar el inefable nombre de Dios. La combinación de las consonantes de Yahveh con las vocales de Adonay produce una palabra extraña al oído hebreo que evoluciona de forma natural a Jehovah. Aún hoy hay creyentes que llaman así a su dios, sin darse cuenta de que este nombre es simplemente un híbrido absurdo de vocales y consonantes de dos palabras distintas.

Volviendo a Moisés, sus leyes muestran claramente su esfuerzo por asegurar el temor de dios en su pueblo, así como un intento de excluir la competencia de otros cultos. Basta leer los dos primeros mandamientos:

1) Yo soy el Señor, dios tuyo, que te he sacado de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud. No tendrás otros dioses delante de mí.

2) No harás para ti imagen de escultura ni figura alguna de las cosas que hay arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni de las que hay en las aguas, debajo de la tierra. No las adorarás ni rendirás culto. Yo soy el Señor, dios tuyo, el fuerte, el celoso, que castigo la maldad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación, de aquellos que me aborrecen; y que uso de misericordia hasta millares de generaciones con los que me aman y guardan mis mandamientos. (Ex. XX, 2-6)

Es de notar que Moisés no tenía las pretensiones de Akenatón, y en ningún momento insinuó que su dios fuera el único verdadero. Sólo decía que su dios no toleraba que quienes le adoraban rindieran culto también a otros ídolos. Moisés instituyó una clase sacerdotal que cuidaba de las cuestiones del culto y le sustituían como juez en los casos menores. Según la Biblia, el sacerdocio estaba encomendado a la tribu de Leví, a la cual pertenecía el propio Moisés. Tal vez los levitas fueran los cananeos que escaparon de Egipto con Moisés cuando los hicsos fueron expulsados.

Las Tablas de la Ley fueron guardadas en un arca sagrada, el Arca de la Alianza, pues  Dios prometió a los israelitas una "tierra de la que mana leche y miel", como a menudo es descrita en la Biblia, si seguían sus leyes. Éstas son las palabras de la Alianza:

Respondió el Señor: Yo estableceré Alianza con este pueblo en presencia de todos; haré prodigios nunca vistos sobre la tierra, ni en nación alguna: para que vea ese pueblo que tú conduces la obra terrible que Yo, el Señor, he de hacer. Tú observa todas las cosas que yo te encomiendo en este día y Yo mismo arrojaré de delante de ti al amorreo, y al cananeo, y al heteo, al ferezeo también, y al heveo, y al jebuseo. Guárdate de contraer jamás amistad con los habitantes de aquella tierra, lo que ocasionaría tu ruina. Antes bien destruye sus altares, rompe sus estatuas y arrasa los bosquetes [consagrados a sus ídolos]. No adores a ningún dios extranjero. El Señor tiene por nombre Celoso. Dios quiere ser amado Él solo. No hagas liga con los habitantes de aquellos países, no sea que después de haberse corrompido con sus dioses y adorado sus estatuas, alguno te convide a comer de las cosas sacrificadas. No desposarás a tus hijos con sus hijas, no suceda que, después de haber idolatrado ellas, induzcan también a tus hijos a corromperse con la idolatría. (Ex. XXXIV, 10-16).

Evidentemente este texto contiene anacronismos, pero tal vez refleja una prevención original de Moisés, que no estaba dispuesto a que sus hombres cometieran el mismo error que los hicsos y así, para evitar que convivieran con los pueblos invadidos con riesgo de que éstos terminaran alzándose contra ellos, inventó e inculcó en sus hombres la intolerancia religiosa. En efecto, cada vez que los israelitas tienen ocasión de conquistar una ciudad, el mandato divino es siempre pasar a cuchillo a todos sus habitantes, incluso a las mujeres y a los niños. Los israelitas aplicaron esta política siempre que la ocasión lo permitió.

Si en efecto Moisés salió de Egipto cuando la expulsión de los hicsos, entonces su peregrinaje no fue de cuarenta años, sino de unos trescientos. Tal vez el plan original de Moisés fue reconquistar Egipto o, al menos Canaán, lo antes posible, pero en un momento dado debió de darse cuenta de que el Nuevo Imperio Egipcio era intocable, por lo que debió de comunicar a su pueblo que, a causa de sus muchos pecados, Dios había decidido que ninguno de ellos vería la tierra prometida, sino que se la daría a sus hijos, después de que ellos murieran en el desierto. Los israelitas usaban la palabra "hijo" en un sentido muy laxo, que igual podía significar "nieto", o "bisnieto", o lo que fuera. De este modo, los israelitas (o una parte de los que después serían llamados israelitas) debieron de permanecer en la península del Sinaí, o tal vez en Arabia, mientras Egipto fue invencible, conservando siempre la ilusión de la tierra prometida, y salieron de nuevo a escena tan pronto como detectaron signos de debilidad.

Hay una parte del relato bíblico que no encaja con esta interpretación, lo que indica una procedencia distinta. Según esta parte, los israelitas descendían de José (en realidad de José y sus once hermanos, pero este añadido es sin duda muy posterior), que era un cananeo que, de esclavo, había pasado a virrey de Egipto. La leyenda de José parece provenir de los tiempos de Amenofis III y Akenatón (cuando Moisés ya llevaría muerto mucho tiempo). La familia de José proliferó, pero "Entre tanto, se alzó en Egipto un nuevo rey, que nada sabía de José" (Ex. I, 8) y los israelitas fueron reducidos a la esclavitud. Después, el dios de Moisés lanza sobre Egipto una serie de plagas hasta que el rey decide liberar a los israelitas, luego se arrepiente de su decisión y sale a perseguirlos, pero el dios de Moisés abre un pasillo en las aguas del mar Rojo y lo vuelve a cerrar cuando los israelitas ya habían pasado al otro lado, mientras el rey egipcio moría ahogado. ¿De qué faraón escaparon los israelitas? La Biblia dice también que los esclavos israelitas "... edificaron al faraón las fuertes ciudades almacenes de Fitom y Ramsés" (Ex. I, 11), Así que el faraón debía de ser Ramsés II o, a lo sumo, su hijo Meneptah. Ahora bien, por supuesto, ninguno de ellos murió en el mar Rojo.

Es muy probable que alguna de las tribus israelitas escapara de la parte oriental del delta del Nilo en tiempos de Meneptah (los que edificaron las ciudades de Fitom y Ramsés). Las siete plagas pueden ser un recuerdo de las calamidades que sufrió Egipto con la invasión de los pueblos del mar y, ciertamente, éstas pudieron darles la oportunidad de escapar. El nombre de la tribu de Isacar parece provenir de Sokar, que era un dios egipcio. Las historias de los recién llegados acabarían fundiéndose anacrónicamente con las leyendas sobre Moisés, aportando más colorido a la salida de Egipto. El intervalo tradicional de cuarenta años puede ser un compromiso entre los tres siglos de una fuente y los pocos años de otra.

Al llegar a Canaán, los israelitas entraron en contacto con la leyenda de Abraham. Probablemente fue a través de los hebreos. Al parecer, los Idumeos se consideraban descendientes de Esaú, el primogénito de Isaac, hijo a su vez de Abraham, y, por consiguiente, legítimos herederos de la tierra que le había sido concedida a éste por su dios. Por su parte, los moabitas y amonitas se consideraban descendientes de Lot, sobrino de Abraham. Esto obligó a modificar las leyendas no sin cierto descaro. Por ejemplo, la relación de Esaú con Edom es explicada así en el Génesis:

Había un día guisado Jacob cierta menestra cuando Esaú, que volvía fatigado del campo, se llegó a él y le dijo: Dame esa menestra roja que has cocido, pues estoy sumamente cansado. Por cuya causa se le dio después el sobrenombre de Edom [que, por una falsa etimología, se interpreta como "rojo"]. (Gen. XXV, 29-30).

Esta teoría legitimaba las posesiones hebreas, pues el dios de Abraham había otorgado Canaán a sus descendientes. En Gen. XIV, 13, Abraham es llamado Abram el hebreo. Ahora bien, Josué llegaba también con un dios que le había prometido una tierra que, sin duda, tenía que ser Canaán. No debió de ser difícil identificar el dios de Moisés con el dios de Abraham. Para consolidar la recién creada confederación israelita, Josué debió de convencer a sus socios de que todos ellos descendían de Abraham a través de su nieto Jacob. Con el tiempo se limarían los detalles: al igual que Esaú había tenido doce hijos (que se correspondían con otras tantas tribus idumeas), también Jacob tuvo doce descendientes, uno de ellos era José, que a su vez tuvo dos hijos: Efraím y Manasés, y once hermanos, en correspondencia con las once tribus restantes. Sin embargo la leyenda necesitaba algunas modificaciones que, de nuevo, la Biblia recoge sin complejos. Por ejemplo, intercalado en la historia de Jacob, sin que guarde relación alguna con lo anterior y lo posterior, encontramos este sorprendente pasaje:

Quedóse solo y he aquí que se le apareció un personaje que comenzó a luchar con él hasta la mañana. Viendo este varón que no podía sobrepujar a Jacob, le tocó el tendón del muslo, que al instante se secó. Y le dijo: déjame ir, que ya raya el alba. Jacob respondió: No te dejaré ir si no me das la bendición. ¿Cómo te llamas?, le preguntó. Él respondió: Jacob. No ha de ser ya tu nombre Jacob, sino Israel [que, por una etimología no del todo correcta, significa "hombre que lucha con Dios"], porque si con el mismo Dios te has mostrado grande, ¿cuánto más prevalecerás contra los hombres? Preguntóle Jacob: ¿cuál es tu nombre? Respondió: ¿por qué quieres saber mi nombre? Y allí mismo le dio su bendición. (Gen. XXXII, 24-29)

En lo que sigue, Jacob sigue llamándose Jacob. Sólo en el libro del Éxodo pasa a ser llamado Israel. De este modo, los israelitas pasaron a considerarse hijos de Jacob. Según estas cuentas, las tribus de Israel pasaron a ser doce: Efraím y Manases eran dos medias tribus, que componían la tribu de José. La diosa Raquel pasó a ser la madre de José y Benjamín, mientras que Lía se convirtió en la madre de Rubén, Isacar y Zabulón. Gad y Aser pasaron a ser hijos de una esclava de Lía, mientras que la madre de Dan y Neftalí fue una esclava de Raquel. El supuesto antecesor de la tribu sacerdotal de Leví, así como los de los últimos miembros de la coalición, Judá y Simeón, debieron de incorporarse tardíamente entre los hijos de Lía. La tierra concedida por el dios de Abraham a sus descendientes se convirtió en una mera promesa que no se realizó hasta que sus auténticos herederos, esto es, los israelitas, ocuparon Canaán. De nuevo, algunos puntos débiles del argumento se fueron retocando más adelante. Por ejemplo, Jacob no era realmente el heredero de Abraham (por línea directa), sino que lo era Esaú, pero Esaú decidió cederle amablemente los derechos a cambio de la famosa menestra roja (que, más concretamente, era un plato de lentejas). Además, Jacob se las arregló con la ayuda de su madre para que Isaac lo declarara su heredero en su lecho de muerte, confundiéndolo con Esaú. En fin, añadiendo a esto una serie de profecías que garantizaban que era voluntad divina que Jacob heredara los derechos de Abraham, los israelitas se encontraron con que su invasión era, se mirara como se mirara, la voluntad de Dios.

La Biblia da indicios de que Josué debió de aprovechar la historia de Abraham para infundir ánimo a sus hombres. Al parecer, Dios ordenó a Josué que los circuncidara a todos. Probablemente fue Josué quien "descubrió" que el dios de Abraham (o el de Moisés) había ratificado su alianza con el rito de la circuncisión (rito de origen egipcio que practicaban los cananeos, pero no los israelitas). Josué debió de explicar a sus hombres que durante los años de peregrinaje por el desierto habían abandonado la circuncisión, y sin duda ése era el motivo por el que Dios no les ayudaba a conquistar la tierra prometida, pero la orden que Dios he daba ahora hacía presagiar que, una vez circuncidados, Dios los reconocería como su pueblo elegido y los conduciría triunfantes a la victoria. Filosofías aparte, es razonable pensar que unos hombres toscos amedrentados por la opulencia de las tierras civilizadas (algo revueltas, pero civilizadas al fin) redoblarían su ánimo tras un ritual tan molesto como el que se les proponia (un hombre dispuesto a eso, merecía sin duda los favores del "dios de los ejércitos", como se le empezaba a llamar).

Según el libro de Josué, el efecto de la circuncisión fue inmediato: los israelitas ganaron todas las batallas. Dios separó las aguas del Jordán para facilitar el paso de su pueblo. Para tomar Jericó, sólo tuvieron que hacer sonar unas trompetas (siguiendo la indicación divina) y las murallas cayeron, juego fueron tomando una ciudad tras otra matando a cada rey junto con todos sus habitantes, el Sol detuvo su curso para que Josué pudiera terminar una batalla, etc. En cambio, en el libro de los Jueces la invasión se describe como un proceso mucho más penoso, lleno de avances y retrocesos, un proceso que se llevó a cabo a lo largo de unos cien años.

La religión israelita era muy diversa. Todas las tribus debieron de adoptar como dios principal al dios de Efraím, identificado con el de Abraham, llamado Eloím o Yahveh. Le erigieron un santuario en Siló, en territorio de Efraím, donde se guardaba el Arca de la Alianza, que contenía las tablas con los diez mandamientos y era el centro de numerosas peregrinaciones y rituales. Los levitas consiguieron que las pocas ciudades que quedaron a su cargo se convirtieran en una especie de santuarios respetados por todos, donde podían refugiarse los perseguidos en busca de justicia. Tal vez ellos conservaron más o menos íntegras las tradiciones del culto a Yahveh, en particular su recelo y desprecio hacia otros dioses, pero lo cierto es que esta pretendida exclusividad fue siempre minoritaria entre los israelitas: cada tribu había traído sus propias creencias a las que no estaba dispuesta a renunciar. Los israelitas adoraban a una multitud de dioses de origen cananeo o incluso egipcio: Baal, Astarté, Anat, etc. Estaba muy difundida la creencia de que los muertos viajaban a un lugar llamado Seol, sobre el que, al parecer, Dios no tenía jurisdicción, donde permanecían para siempre, si bien se les podía invocar con ayuda de unas estatuillas sagradas llamadas Terafim con las que se les podía consultar y predecir el futuro. Otra manifestación religiosa israelita la constituían los profetas. Aunque el concepto de profeta evolucionó considerablemente a lo largo de la historia, en esta época eran una especie de místicos que entraban en trance y supuestamente tenían visiones adivinatorias. Los profetas en éxtasis debían de intimidar bastante a las gentes sencillas, así que gozaban de cierta autoridad.

Los principales enemigos de los israelitas eran, sin duda, los filisteos. La Biblia contiene muchas leyendas sobre las luchas entre israelitas y filisteos, la más famosa de las cuales es sin duda la de Sansón y Dalila. Hacia el 1050 los filisteos infligieron una grave derrota a los efraimitas cerca de Siló. Efraím trató de reponerse recurriendo a sus aliados, pero la disciplina filistea superó con creces a la desorganización israelita y los filisteos vencieron de nuevo. Una derrota completa de Efraím podía suponer la creación de un imperio filisteo y el desastre para todos los israelitas. Efraím trató de dar un golpe de efecto: transportó el Arca de la Alianza desde Siló hasta las inmediaciones de los ejércitos filisteos. Esto infundió ánimos a sus hombres, pues pensaban que ahora su dios estaba con ellos (la idea de que Dios está en todas partes no se le había ocurrido todavía a nadie, la cuestión entonces para los israelitas era más bien si Yahveh sería capaz de derrotar a los dioses filisteos). Sin embargo, los filisteos confiaron en sus propios dioses, atacaron inmediatamente y las armas de hierro prevalecieron una vez más sobre las armas de bronce y el dios israelita juntos. Siló fue destruida para siempre y el Arca de la Alianza fue capturada. Los filisteos dominaron los territorios de Efraím y Benjamín, poniendo en jaque al resto del territorio israelita.

Sin embargo, parece ser que resistió una especie de guerrilla en las montañas encabezada por un líder religioso llamado Samuel, que pronto ganó una gran reputación entre todos los israelitas. Más tarde, cuando Samuel ya era mayor, destacó un joven benjaminita llamado Saúl. Hacía tiempo que los israelitas se planteaban la conveniencia de elegir un rey, pero ahora Samuel retomó la cuestión con más insistencia y propuso elegir a Saúl. Si Israel quería sobrevivir necesitaba unirse bajo un mando único. La idea no acababa de convencer a los profetas y, aunque la mayoría de los israelitas debía de verla con buenos ojos, el problema era que ninguna tribu parecía dispuesta a aceptar un rey de otra tribu por el mero hecho de que conviniera aceptar uno.

Sin embargo, Saúl logró la reputación necesaria gracias a unos incidentes ocurridos en Gad, al este del Jordán. Los amonitas habían cercado la ciudad de Jabes-Galaad y sólo aceptaban la rendición si sus habitantes consentían que se les sacara el ojo derecho (o al menos, así lo contaron luego los israelitas). Por ello, los sitiados decidieron resistir y pidieron ayuda a las tribus del otro lado del Jordán. Saúl aceptó la petición, reunió todos los hombres que pudo, eludió a los filisteos, llegó a la ciudad antes de lo previsto, sorprendió a los amonitas y liberó la ciudad. Fue la primera hazaña de la que los israelitas podían enorgullecerse desde los tiempos de Jefté. El éxito de Saúl hizo triunfar a la corriente partidaria de elegirlo rey y Samuel, haciendo valer su propia reputación, se apresuró a investirlo con un ritual religioso apropiado. Esto sucedió hacia el 1020. El nuevo rey estableció su capital en Guibá, en el territorio de Benjamín, a unos cinco kilómetros al norte de Jerusalén.

Por esta época llegó al trono de Tiro el rey Abibaal. La ciudad tenía ya varios siglos de historia, pero hasta este momento había estado supeditada a Sidón, la principal ciudad fenicia. Sin embargo, ahora la situación iba a cambiar. La ciudad entera fue trasladada a una isla rocosa, donde era prácticamente inexpugnable y podía ser bien defendida con la ayuda de una flota. Los fenicios contaban con una larga tradición naval que se había venido abajo con la llegada de los pueblos del mar. Bajo Abibaal, la ciudad de Tiro fue recuperando esa tradición y ello le dio la supremacía frente a la antigua Sidón.

Volviendo a los israelitas, los filisteos se propusieron abortar la creación del reino de Saúl, pero no les resultó fácil. Jonatán, el hijo de Saúl, derrotó a una pequeña guarnición filistea cercana a Guibá, mientras su padre se atrincheraba en Michmash, un poco más al norte. Los filisteos avanzaron contra Michmash, pero fueron sorprendidos por una rápida incursión de Jonatán. Los filisteos calcularon mal el número de tropas que les atacaba y decidieron retirarse. Ante esta situación, Judá, sometida desde un principio a los filisteos, decidió rebelarse y se declaró fiel a Saúl. Un ejército unido judeo-israelita derrotó a los filisteos en Shocoh, al sur de Jerusalén, y toda Judá quedó anexionada a Israel. Saúl llevó sus tropas a Judá y derrotó a los amalecitas, un pueblo nómada que vivía al sur y que causaba los típicos estragos periódicos. Así el rey mostró su poder a Judá al tiempo que se ganaba su gratitud.

Sin embargo, Saúl no fue tan buen diplomático como general. Por una parte recelaba de su hijo Jonatán, que había conseguido gran popularidad ante el ejército y temía que pudiera derrocarle. Llegó a ordenar la ejecución de Jonatán por cierta violación de un ritual, pero el ejército se opuso y tuvo que revocar la orden. La situación se volvió más tensa. Por otro lado, Saúl disputó a Samuel la autoridad religiosa, lo que le valió la enemistad del propio Samuel. Tras otros roces menores, la situación más tensa se produjo a raíz de la campaña contra los amalecitas. Al parecer, Samuel había indicado a Saúl cuál era la voluntad de Yahveh:

Ve, pues, ahora y destroza a Amalec, y arrasa cuanto tiene: no le perdones ni codicies nada de sus bienes, sino mátalo todo, hombres, mujeres, muchachos y niños de pecho, bueyes y ovejas, camellos y asnos. (Reg. XV, 3)

Sin embargo, Saúl sólo mató a los amalecitas, pero perdonó la vida a su rey Agag, (tal vez para usarlo como rehen) y distribuyó el botín entre sus soldados como recompensa (en lugar de sacrificarlo a Dios). El caso es que Samuel humilló públicamente a Saúl, tras lo cual consideró prudente retirarse a un segundo plano, pero Saúl sabía que en lo sucesivo contaba con la oposición de Samuel y, con él, la de los profetas. Saúl se volvió receloso hasta la paranoia. Entre las víctimas de sus sospechas estaba, además de su hijo, un joven judío que se había trasladado a Guibá tras la anexión. Se llamaba David, y pertenecía a una importante familia de Belén, al sur de Jerusalén. David era un político inteligente (más que Saúl) y también un buen general. Al principio gozó del favor de Saúl, que le concedió la mano de su hija Mical, pero era íntimo amigo de Jonatán, lo que suscitó los recelos del rey. Como David no era hijo suyo, lo tenía más fácil para urdir su muerte, pero Jonatán le previno y David abandonó sigilosamente Guibá y llegó a Judá, donde tuvo que mantener una guerra de guerrillas contra Saúl. David contaba con el apoyo de Samuel y los profetas, tal vez por el mero hecho de que se oponía a Saúl.

El rey persiguió implacablemente a David. Llegó a matar a un grupo de sacerdotes al enterarse de que uno de ellos había ayudado a David cuando huyó de Guibá. Con el tiempo, logró que a David le costara más obtener ayuda, hasta el punto que en un momento dado decidió pasarse al bando de los filisteos. Éstos vieron ahora su oportunidad. Israel estaba convulsionado por revueltas internas entre los partidarios de Saúl, los de Jonatán, los profetas, y ahora uno de los oponentes de Saúl se aliaba con ellos. Sin duda, un vigoroso ataque filisteo en estas condiciones iba a tener éxito.

Hacia 1000 un ejército filisteo se enfrentó nuevamente a Israel. Jonatán optó por ayudar a su padre ante la gravedad de los hechos, pero el ejército israelita fue arrollado por el pesado armamento filisteo. Jonatán murió en la batalla y Saúl, cuando lo vio todo perdido, se suicidó. Los filisteos obtuvieron de nuevo la hegemonía sobre Israel, como si Saúl nunca hubiera existido.

Un siglo de crisis

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El rey David

 

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