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L  a  G r a n  E n c ic l o p e d i a   I l u s t r a d a  d e l   P r o y e c t o  S a l ó n  H o g a r

Asesinato en Bardsley Mews

Continuación...

 Por: Agatha Christie

- Oh -la joven se puso grave-. Ya -hizo una pausa-. Pero pudo haber vuelto más tarde -dijo despacio.

- Sí, es posible -repuso Poirot.

- Dígame, señorita Plenderleith -Japp prosiguió su interrogatorio-. ¿La señora Alien tenía costumbre de recibir sus visitas aquí o en la habitación de arriba?

- En las dos. Pero este saloncito lo utilizaba para reuniones más numerosas o para amistades particulares. Bárbara disponía del dormitorio grande, que utilizaba también como sala de estar, y yo del más pequeño y esta habitación.

- Si el mayor Eustace vino ayer noche, ¿en qué habitación cree usted que lo recibiría la señora Alien?

- Creo que probablemente lo pasaría aquí -la joven parecía vacilar-Es menos íntimo. Por otro lado, si deseaba llenar un cheque o algo por el estilo, es de suponer que lo llevara arriba. Aquí no hay dónde escribir.

Japp movió la cabeza.

- No fue cuestión de cheques. La señora Alien extrajo ayer del Banco doscientas libras, y hasta ahora no hemos podido encontrarlas en toda la casa.

- ¿Y se las dio a ese bruto? ¡Oh, pobre Bárbara! ¡Pobre, pobre Bárbara!

Poirot carraspeó.

- A menos que, como usted ha sugerido, se tratase de un accidente, no parece probable que quisiera privarse de una renta regular.

- Accidente? No fue un accidente. Perdió los estribos, se le subió la sangre a la cabeza, y disparó contra ella.

- ¿Así es como cree usted que ocurrió?

- Sí -dijo; agregando con vehemencia-: ¡Fue un asesinato... un asesinato!

Poirot comentó:

- Yo no diría que está usted equivocada, mademoiselle.

- ¿Qué cigarrillos fumaba la señora Alien? -dijo Japp.

- «Gasper». Hay algunos en esa caja.

Japp la abrió y sacando uno hizo un gesto de asentimiento antes de guardárselo en el bolsillo.

- ¿Y usted, mademoiselle? -preguntó Poirot.

- Los mismos.

- ¿No fuma turcos?

- Nunca.

- ¿Y la señora Alien?

- Tampoco. No le gustaban.

- ¿Y el señor Laverton-West? -quiso saber Poirot-. ¿Cuáles fumaba? La joven le miró de hito en hito.

- ¿Carlos? ¿Qué importancia tiene lo que él fume? ¿No pretenderá usted que fue él quien la mató?

Poirot alzóse de hombros.

- Muchos hombres han matado antes de ahora a la mujer que amaban, mademoiselle.

Jane hizo un gesto impaciente.

- Carlos no mataría a nadie. Es muy discreto.

- De todas formas, señorita, los hombres cuidadosos son los que cometen los crímenes más inteligentes.

- Pero no por el motivo que usted ha señalado, señor Poirot -repuso la joven mirándole fijamente.

- No, es cierto.

- Bien -Japp se puso en pie-. Creo que aún me queda mucho que hacer aquí. Me gustaría echar otro vistazo.

- ¿Por si el dinero se encuentra escondido en alguna parte? Desde luego. Mire cuanto guste. Y también en mi habitación... aunque no es probable que Bárbara lo escondiera allí.

El registro de Japp fue rápido, pero eficiente, y a los pocos minutos el saloncito no tenía secretos para él. Luego subió a inspeccionar los dormitorios, y Jane Plenderleith quedó sentada sobre el brazo de un sillón, fumando un cigarrillo mientras Poirot la observaba.

Al cabo de algunos minutos, éste dijo tranquilamente:

- ¿Sabe usted si el señor Laverton-West se encuentra en Londres?

- Lo ignoro. Pero más bien supongo que debe estar en Hampshire con su familia. Debía haberle telegrafiado. Es terrible... pero lo olvidé.

- No es fácil acordarse de todo cuando sucede una catástrofe, mademoiselle, y de todas maneras no hay que apresurarse a dar malas noticias. Siempre se saben.

- Sí, es cierto-repuso la muchacha, distraída.

Se oyeron los pasos de Japp, que bajaba la escalera, y Jane salió a su encuentro.

- ¿Y bien?

Japp movió la cabeza.

- Nada, señorita Plenderleith. Ahora he registrado ya toda al casa. Oh, creo que será mejor que mire en ese armario que hay debajo de la escalera.

Y al pronunciar estas palabras tiró del pomo.

Jane Plenderleith dijo:

- Está cerrado.

Y el tono de su voz hizo que los dos hombres la miraran extrañados.

- Sí -replicó Japp-. Ya veo que está cerrado. ¿Tiene usted la llave? La joven permanecía como petrificada.

- No... no estoy segura de -dónde pueda estar.

Japp le dirigió una rápida mirada y continuó en tono indiferente:

- Dios mío, ¡qué lástima...! No quisiera estropearlo abriéndolo por la fuerza. Enviaré a Jameson a buscar un manojo de llaves bien surtido. Jane se adelantó rápidamente.

- Oh -dijo-. Espere un momento. Puede que esté...

Fuese hasta el saloncito, reapareciendo momentos más tarde con una llave de tamaño regular.

- Lo tenemos siempre cerrado -explicó-, porque nuestros paraguas y otras cosas desaparecían con mucha frecuencia.

- Una precaución muy prudente -dijo Japp aceptando la llave. La hizo girar en la cerradura y abrió el armario. Su interior estaba oscuro, y tuvo que sacar una linterna de su bolsillo para iluminarlo. Poirot observó que la joven contenía el aliento y sus ojos siguieron el haz de luz de la linterna de Japp.

No había gran cosa dentro del armario. Tres paraguas... uno de ellos roto; cuatro bastones; un juego de palos de golf, dos raquetas de tenis, una alfombra cuidadosamente doblada y varios almohadones deteriorados y sobre ellos un pequeño neceser muy elegante.

Cuando Japp alargó la mano para cogerlo, Jane Plenderleith dijo precipitadamente:

- Es mío. Lo... lo traje conmigo esta mañana, de modo que no puede haber nada de lo que busca.

- Nada pierdo en asegurarme -replicó Japp con creciente regocijo. Abrió el neceser, que no estaba cerrado con llave. En su interior había gran variedad de cepillos y botellas para la toilette..., dos revistas, pero nada más.

Japp lo fue examinando todo con meticulosa atención. Cuando al fin cerró la tapa y se dispuso a examinar los almohadones, la joven exhaló un suspiro de alivio.

En el armario no había más que lo que saltaba a la vista, y Japp no tardó en dar por terminado el registro.

Volviendo a cerrar la puerta, tendió la llave a Jane Plenderleith.

- Bien -le dijo-. Esto deja terminado el asunto. ¿Puede darme la dirección del señor Laverton-West?

- Farlescombe Hall, Little Ledbury, Hampshire.

- Gracias, señorita Plenderleith. Eso es todo por el momento. Es posible que vuelva más tarde. A propósito, no diga nada. Deje que todos crean que se trata de un suicidio.

- Desde luego.

Les estrechó las manos a los dos.

Y cuando caminaban por la avenida, Japp exclamó:

- ¿Qué diablos había en ese armario? Algo había.

- Sí, algo había.

- ¡Y apuesto diez contra uno a que era algo relacionado con el neceser! Pero debo ser un estúpido, puesto que no he conseguido dar con ello. He revisado todas las botellas... el forro... ¿qué diablos podía ser?

Poirot meneó la cabeza pensativo.

- Esa chica lo sabe -continuó Japp-. ¿Dijo que había traído el neceser esta mañana? ¡No es cierto! ¿Se fijó en que había dos revistas dentro?

- Sí.

- Bien, ¡pues una de ellas era del mes de julio!

 

CAPÍTULO VII

 

Al día siguiente Japp penetraba en el piso de Poirot y arrojaba el sombrero con disgusto sobre la mesa. Luego se dejó caer en una butaca.

- Bueno -gruñó-. ¡Está libre de sospechas!

- ¿Quién?

- La Plenderleith. Estuvo jugando al bridge hasta medianoche. Lo han asegurado el anfitrión, la anfitriona, un invitado que es comandante de Marina y dos criados. No existe la menor duda de que hemos de descartar la idea de que tenga algo que ver con el crimen. De todas formas me gustaría saber por qué se violentó tanto cuando cogí el neceser que había debajo de la escalera. Eso le corresponde a usted, Poirot, puesto que le agrada desentrañar esas trivialidades. ¡El Misterio del Neceser! ¡Resulta muy prometedor!

- Voy a darle otro título: El Misterio del Aroma a Humo de Cigarrillo.

- Un poco largo y complicado. ¿Aroma... eh? ¿Era eso lo que olfateaba cuando examinábamos el cadáver por primera vez? Le vi... ¡y le olí! Pensé que estaba constipado.

- Pues se equivocó.

- Siempre creí que utilizaba las células grises de su cerebro -Japp suspiró-. No me diga que su nariz es superior a la de los demás mortales.

- No, no, tranquilícese.

- Yo no olí a humo de cigarrillo -prosiguió Japp receloso.

- Ni yo tampoco, amigo mío.

Japp extrajo un cigarrillo de su bolsillo sin dejar de mirarle.

- Estos son los que fumaba la señora Alien... Seis de las colillas eran suyas. Las otras tres eran de cigarrillos turcos.

- Exacto.

- ¡Supongo que su maravillosa nariz lo descubrió sin necesidad de que las viera!

- Le aseguro que mi nariz no interviene para nada en este momento... puesto que no registro nada.

- Pero, ¿sus células grises sí?

- Pues... hubo ciertas indicaciones..., ¿no lo cree?

Japp le miró de reojo.

- ¿Como, por ejemplo?

- Eh bien, en aquella habitación faltaba algo. Creo que además habían agregado algo... y luego, en el escritorio...

- ¡Lo sabía! ¡Ya vamos llegando a esa maldita pluma!

- Du tout. Esa pluma juega un papel puramente negativo.

Japp retrocedió a un terreno más firme.

- Carlos Laverton-West va a ir a verme a Scotland Yard dentro de media hora, y pensé que a usted le agradaría conocerle.

- Muchísimo.

- Y le alegrará saber que hemos localizado al mayor Eustace. Tiene un piso en la calle Cronwell.

- ¡Espléndido!

- Y ahí tendremos algo que hacer. No parece ser una persona muy agradable ese mayor Eustace. Después de haber visto a Laverton-West iremos a visitarle. ¿Le parece bien?

- Perfectamente.

- Bien, vamos entonces.

A las once y media Carlos Laverton-West era introducido en el despacho del primer inspector Japp, que se puso en pie para estrecharle la mano.

El recién llegado era un hombre de mediana estatura y personalidad muy marcada. Iba bien rasurado, tenía una boca expresiva como la de los actores, y ojos ligeramente saltones, que tan a menudo suelen acompañar al don de la oratoria. Era bien parecido, tranquilo y educado.

Y aunque pálido y algo afligido, sus modales resultaban completamente correctos y serenos.

Una vez hubo tomado asiento, dejó el sombrero y los guantes encima de la mesa y miró a Japp.

- Ante todo quiero decir que comprendo perfectamente lo penoso que esto debe resultarle.

- Dejemos aparte mis sentimientos -dijo Laverton-West con un ademán-. Dígame primero, inspector: ¿tiene alguna idea de lo que ha motivado el que mi... la señora Alien se suicidara?

- ¿Usted no puede ayudarnos en este sentido?

- Desde luego que no.

- ¿No se pelearon, ni hubo el menor desvío entre ustedes?

- En absoluto. Ha sido una gran sorpresa para mí.

- Quizá lo comprendiera mejor si le digo que no se suicidó... sino que fue asesinada?

- Asesinada? -los ojos de Carlos Laverton-West parecieron ir a saltársele de sus órbitas-. ¿Ha dicho usted asesinada?

- Exactamente. Ahora dígame, señor Laverton-West, ¿tiene alguna idea de quién pudo quitar de en medio a la señora Alien?

El interrogado casi rugió al responder:

- ¡No... no... nada de eso! ¡La mera suposición es absurda!

- ¿No le dijo nunca si tenía enemigos? ¿Alguien que tuviera algo contra ella?

- Nunca.

- ¿Sabía usted que tenía una pistola?

- No tenía conocimiento de ello.

Pareció algo sorprendido.

- La señorita Plenderleith dice que la señora Alien la trajo del extranjero hace algunos años.

- ¿De veras?

- Claro que sólo tenemos la palabra de la señorita Plenderleith. Es muy posible que la señora Alien se creyera en peligro y conservara la pistola por razones propias.

Carlos Laverton-West meneó la cabeza, al parecer muy sorprendido y extrañado.

- ¿Qué opinión le merece la señorita Plenderleith, señor Laverton-

West? Quiero decir, si la considera una persona sincera y de fiar. El otro reflexionó unos instantes.

- Creo que sí..., sí... yo diría que sí.

- ¿No le es simpática? -insinuó Japp, que le observaba de cerca.

- No es eso precisamente, pero no pertenece al tipo de mujer que yo admiro. Su sarcasmo e independencia no me resultan atractivos, pero yo diría que es una persona de absoluta confianza.

- ¡Hum...! -gruñó Japp-. ¿Conoce usted al mayor Eustace?

- ¿Eustace? ¿Eustace? Ah, sí, recuerdo ese nombre. Le vi una vez en casa de Bárbara... la señora Alien. En mi opinión es un sujeto bastante dudoso, y así se lo dije a mi... a la señora Alien. No pertenece al tipo de hombre que me hubiese gustado que frecuentara nuestra casa después de casados.

- ¿Y qué dijo la señora Alien?

- ¡Oh! Estuvo de acuerdo conmigo. Confiaba en mi buen juicio, y un hombre siempre conoce mejor a otro que cualquier mujer. Me explicó que no podía mostrarse descortés con una persona que no había visto desde hacía algún tiempo... creo que sentía un temor especial a parecer snob. Naturalmente que, al convertirse en mi esposa, hubiera encontrado a muchas de sus antiguas amistades digamos... inconvenientes.

- ¿Quiere decir que al casarse con usted mejoraba de posición? - preguntó Japp con cierta brusquedad.

Laverton-West alzó una mano bien cuidada.

- No, no es precisamente eso. A decir verdad, la madre de la señora Alien es pariente lejana de mi familia. Era igual a mí por su nacimiento, pero claro, por mi situación tengo que escoger con sumo cuidado mis amistades... y mi esposa las suyas. En cierto modo, vivo de cara al público.

- Oh, desde luego -repuso Japp secamente antes de preguntar-: ¿Así que no puede ayudarnos?

- No. Estoy perplejo. ¡Bárbara asesinada! Es increíble... inaudito.

- Señor Laverton-West, ¿puede decirme cuáles fueron sus movimientos en la noche del cinco de noviembre?

- ¿Mis movimientos?

Su voz sonó airada.

- Es sólo por pura fórmula -explicó Japp-. Tenemos... que interrogar a todo el mundo.

- Yo creí que un hombre de mi posición estaba exento -dijo Carlos Laverton-West con gran dignidad.

Japp limitóse a esperar.

- Estuve... veamos... Ah, sí. Estuve en la Cámara. Salí de allí a las diez y media y fui a dar un paseo por el malecón, contemplando los Fuegos artificiales.

- Resulta agradable pensar que hoy en día no hay complots de esta clase -dijo Japp en tono alegre.

Laverton-West le dirigió una mirada ausente.

- Luego... re... regresé a casa.

- ¿A qué hora llegó a su casa? ¿Vive en la plaza Onslow...?

- No puedo precisarlo.

- ¿A las once? ¿A las once y media?

- Aproximadamente.

- Quizás alguien le abrió la puerta.

- No, tengo mi llave.

- ¿Se encontró con alguien durante su paseo?

- No... er... la verdad, inspector, Testas preguntas me ofenden en gran manera!

- Le aseguro que es sólo una fórmula rutinaria, Señor Laverton-West. No son personales, compréndalo.

- Si es eso todo...

- De momento, sí, señor Laverton-West.

- Téngame al corriente...

- Naturalmente. A propósito, permítame presentarle a Hércules Poirot. Es posible que haya oído hablar de él.

- Sí... sí; he oído ese nombre.

- Monsieur -dijo Poirot acentuando de pronto su acento extranjero-Créame usted, mi corazón sangra de dolor. ¡Una pérdida semejante! ¡La agonía que debe estar usted sufriendo! Ah, pero no digo más. iQué bien ocultan los ingleses sus emociones! -sacó su pitillera-. ¡Permítame...! ¿Ah, está vacía, Japp?

El policía, palpando sus bolsillos, movió la cabeza.

Laverton-West sacó una pitillera, murmurando:

- Tome uno de los míos, señor Poirot.

- Gracias... gracias... -el hombrecillo tomó un cigarrillo.

- Como usted bien dice, señor Poirot -continuó el otro-, los ingleses no hacemos ostentación de nuestras emociones.

Y tras inclinarse ante los dos hombres salió de la estancia.

- Es un besugo -dijo Japp con disgusto-. iY un mochuelo! La señorita Plenderleith tenía razón. No obstante, es bien parecido... podría llevarse bien con una mujer que careciera del sentido del humor. ¿Qué me dice de ese cigarrillo?

Poirot se lo alargó.

- Egipcio, y de los más caros.

- No nos sirve, y es una lástima, porque nunca he oído una coartada más débil. De hecho, no es una coartada... Es una pena que no fuese al revés. Si ella le hubiera hecho víctima de sus chantajes... Es un tipo a propósito..., pagaría como un corderito. Cualquier cosa con tal de evitar el escándalo.

- Querido amigo, es muy bonito reconstruir el caso según le gustaría que hubiese ocurrido, pero eso no es cosa nuestra.

- No; Eustace sí lo es. Tengo algunos datos suyos. Definitivamente es un sujeto desagradable.

- A propósito. ¿Hizo usted lo que sugerí acerca de la señorita Plenderleith?

- Sí. Aguarde un segundo. Llamaré para enterarme.

Y cogiendo el teléfono estuvo hablando unos minutos. Al cabo lo dejó y volvióse para mirar a Poirot.

- Parece que tiene un corazón a prueba de bomba. Se ha ido a jugar al golf. No es una cosa muy apropiada cuando su amiga íntima acaba de ser asesinada el día anterior.

Poirot lanzó una exclamación.

- ¿Qué le ocurre ahora? -preguntó Japp.

Pero Poirot musitaba para sí:

- Claro... claro... naturalmente... qué tonto soy..., ¡pero si salta a la vista!

Japp le dijo con brusquedad:

- Deje de hablar solo y vámonos a ver a Eustace.

Y le sorprendió ver la radiante sonrisa que iluminó el rostro de Poirot.

- ¡Pues sí... vamos a hablar con él! Porque ahora lo sé todo..., ¡pero todo!

 

CAPÍTULO VIII

 

El mayor Eustace recibió a los dos hombres con la fácil prestancia de un hombre de mundo. Su piso era pequeño, un mero pied á terre, como explicó. Les ofreció de beber, y como lo rechazaron sacó su pitillera. Japp y Poirot aceptaron un cigarrillo intercambiando una mirada de inteligencia.

- Veo que fuma usted cigarrillos turcos -dijo Japp haciendo girar el cigarrillo entre sus dedos.

- Sí. Lo siento. ¿Los prefieren de otra clase? Debo tener en alguna parte.

- No, no, está bien así -se inclinó hacia delante y dijo cambiando de tono-: Tal vez adivine para qué hemos venido a verle, mayor Eustace.

- No... No tengo la menor idea de lo que trae por mi casa a un primer inspector. ¿Es por algo referente a mi automóvil?

- No, no se trata de su automóvil. Creo que conocía usted a la señora Bárbara Alien, ¿verdad, mayor Eustace?

El mayor echóse hacia atrás y lanzando una bocanada de humo dijo:

- ¡Oh, es eso! ¡Claro, debí haberlo supuesto! Un asunto muy triste.

- ¿Lo sabe ya?

- Lo leí en la Prensa de ayer noche. Una pena.

- Creo que conoció a la señora Alien en la India.

- Sí, de eso hace ya algunos años.

- ¿Conoció también a su marido?

Hubo una pausa, sólo durante una fracción de segundo, mientras sus ojillos de rata miraban rápidamente a los dos hombres, y al cabo repuso:

- No; a decir verdad nunca conocí a Alien.

- Pero ¿sabía algo de él?

- Oí decir que era un bala perdida. Claro que sólo era un rumor.

- ¿La señora Alien no decía nada?

- Nunca hablaba de él.

- ¿Intimó mucho con ella?

El mayor se encogió de hombros.

- Éramos viejos amigos, ¿sabe? Pero no nos veíamos con mucha frecuencia.

- Pero ¿la vio la noche pasada? ¿La noche del cinco de noviembre?

- Sí, es cierto.

- ¿Creo que fue a verla a su casa?

El mayor Eustace asintió. Su voz adquirió un tono afligido.

- Sí, me pidió que la aconsejara acerca de algunas inversiones. Claro, comprendo lo que ustedes quieren saber... su estado de ánimo y todo eso. Bien, es difícil de decir, la verdad. Parecía bastante normal y sin embargo, ahora que lo pienso, creo qué estaba un poco sobresaltada.

- Pero ¿no le insinuó lo que pensaba hacer?

- Ni remotamente. A decir verdad, cuando me despedí de ella le dije que la llamaría pronto para salir juntos.

- ¿Le dijo que le telefonearía? ¿Fueron éstas sus últimas palabras?

- Sí.

- Es curioso. Tengo noticias de que dijo usted algo muy distinto. Eustace cambió de color.

- Bueno, no puedo recordar exactamente las palabras.

- Me han informado de que lo que usted dijo fue: «Bien, piénsalo bien y comunícame lo que decidas.»

- Déjeme pensar. Sí. Creo que tiene usted razón. No fue exactamente eso, pero me parece que le indicaba que me avisara cuando estuviera libre.

- No es exactamente lo mismo, ¿verdad? -dijo Japp.

El mayor Eustace alzóse de hombros.

- Mi querido amigo. No pretenderá usted que me acuerde palabra por palabra de lo que dije en una ocasión determinada.

- ¿Y cuál fue la respuesta de la señora Alien?

- Dijo que me llamaría por teléfono. Es decir, es lo más aproximado que recuerdo.

- Y entonces es probable que usted dijera: «De acuerdo. Hasta la vista.»

- Sí. Algo por el estilo,

Japp dijo sin alterarse:

- Dice usted que la señora Alien le pidió que le aconsejara acerca de unas inversiones. ¿Por casualidad le dio la cantidad de doscientas libras en metálico para que las invirtiera por ella?

El rostro de Eustace adquirió un tinte oscuro, e inclinándose hacia delante exclamó:

- ¿Qué diablos quiere insinuar con eso?

- ¿Se las dio o no se las dio?

- Es asunto mío, inspector.

Japp no se alteró.

- La señora Alien sacó del Banco doscientas libras. Parte de esa cantidad, en billetes de cinco libras, cuyos números, naturalmente, podrán comprobarse.

- ¿Y qué si me las dio?

- ¿Era una cantidad para hacer inversiones, o era... chantaje... mayor Eustace?

- Es una idea descabellada. ¿Qué más sugerirá usted?

Japp dijo con su tono más oficial:

- Creo, mayor Eustace, que en llegado a este punto debo preguntarle si está dispuesto a venir a Scotland Yard a prestar declaración.

Naturalmente que no hay prisa alguna, y que si lo desea puede estar presente su abogado.

- ¿Mi abogado? ¿Para qué diablos iba a querer yo un abogado? ¿Y para qué me interroga?

- Trato de averiguar las circunstancias que rodearon la muerte de la señora Alien.

- ¡Cielo santo, hombre, no supondrá...! ¡Valiente tontería! Escuche lo que ocurrió, es lo siguiente: Fui a ver a Bárbara porque así habíamos quedado...

- ¿A qué hora fue eso?

- Yo diría que a las nueve y media aproximadamente. Nos sentamos... charlamos...

- ¿Y fumaron?

- Sí, y fumamos. ¿Tiene algo de malo? -preguntó el mayor con tono de reto.

- ¿Dónde fue esa conversación?

- En el saloncito. Es la primera puerta a la izquierda según se entra. Estuvimos hablando amigablemente, como le decía antes, y me marché poco antes de las diez y media. Me detuve unos momentos en la puerta para despedirme y decirle las últimas palabras...

- Las últimas precisamente... -murmuró Poirot.

- ¿Quién es usted? Quisiera saberlo -Eustace se había vuelto hacia él al oír sus palabras-. ¡Una especie de extranjero condenado! ¿Y qué es lo que busca aquí?

- Soy Hércules Poirot -replicó el hombrecillo con dignidad.

- Como si fuera la estatua de Aquiles. Pues como decía, Bárbara y yo nos separamos amistosamente. Volví en mi coche sin detenerme al Club Far East. Llegué allí a las once menos veinticinco y fui directamente al salón de juego, donde estuve jugando al bridge hasta la una y media.

- Es una bonita coartada la que ofrece -dijo Hércules Poirot.

- ¡Sería firme como el hierro en cualquier parte! ¿Y ahora, inspector

- miró fijamente a Japp-, está satisfecho?

- ¿Permanecieron en el saloncito durante toda la entrevista?

- Sí.

- ¿No subió usted a la habitación de la señora Alien?

- Le digo que no. Estuvimos siempre en el saloncito, sin salir para nada.

Japp le contempló pensativo durante un par de minutos y luego dijo:

- ¿Cuántos pares de gemelos tiene usted?

- ¿Gemelos? ¿Qué tiene eso que ver?

- Claro que no está obligado a responder a esta pregunta.

- ¿Responder? No me importa contestarla. No tengo nada que ocultar. Y exigiré una reparación. Tengo éstos... -alargó los brazos. Japp observó que eran de oro y platino.

- Y estos otros.

Y levantándose abrió un cajón y extrajo un estuche que, luego de abierto, acercó bruscamente a la nariz de Japp.

- Un dibujo muy bonito -dijo el inspector-. Veo que uno está roto... le falta un pedacito de esmalte.

- ¿Y eso qué tiene que ver?

- ¿No recordará cuándo se le rompió, supongo?

- Hará un día o dos a lo sumo.

- ¿Le sorprendería que hubiera ocurrido cuando estuvo en casa de la señora Alien?

- ¿Y por qué no? No he negado que estuviese allí -el mayor hablaba en tono altivo, como un hombre justamente indignado, pero sus manos temblaban.

Japp inclinándose hacia delante dijo con énfasis:

- Sí, pero ese trocito de esmalte no fue encontrado en el saloncito, sino arriba... en el dormitorio de la señora Alien... en la habitación donde fue asesinada y donde estuvo un hombre que fumaba la misma marca de cigarrillos que usted.

El disparo surtió efecto. Eustace se desplomó en su silla y sus ojos miraban ora a un lado ora al otro. Y la vista de aquel hombre caído y acobardado no era precisamente nada alentador.

- No tienen nada contra mí -Su voz era casi un quejido-. Tratan de complicarme..., pero no pueden hacerlo. Tengo una coartada... Yo no volví a acercarme a la casa aquella noche...

Poirot fue ahora quien habló.

- No, no volvió a la casa... No era necesario... ya que tal vez la señora Alien estaba ya muerta cuando usted salió de allí.

- Ello es imposible... imposible... Ella me acompañó hasta la puerta... habló conmigo... La gente debió oírla... verla...

Poirot dijo en voz baja:

- Le oyeron a usted hablar con ella... y simulando aguardar sus respuestas antes de volver a dirigirle la palabra... Es un viejo ardid... La gente pudo creer que estaba allí, pero no la vieron, ya que ni siquiera pueden decir si iba vestida de noche o no..., ni precisar el color de su traje.

- Dios mío... no es cierto... no es cierto.

Ahora temblaba... acobardado...

Japp le contempló con disgusto para decirle:

- Tengo que pedirle que me acompañe.

- ¿Me detiene usted?

- Queda detenido para ser interrogado... digámoslo así, mejor. El silencio fue roto con un prolongado suspiro, y la voz desesperada del mayor Eustace dijo:

- Estoy perdido...

Hércules Poirot se frotó las manos sonriendo alegremente. Al parecer se estaba divirtiendo.

 

CAPÍTULO IX

 

- Bonita manera de derrumbarse -decía Japp con aire profesional algo más tarde.

El y Poirot iban en automóvil por la carretera de Bromaron.

- Sabía que el juego había terminado -replicó Poirot distraído.

- Tenemos muchos cargos contra él -dijo Japp-. Dos o tres nombres supuestos, un asunto algo dudoso acerca de un cheque falso y otro muy interesante de cuando estaba en el Ritz y se hacía llamar el coronel de Bathe. Estafó a media docena de comerciantes de Piccadilly. De momento le tenemos detenido bajo este cargo... hasta que se concluya este caso. ¿A qué viene su idea de marchar al campo, amigo mío?

- Mi querido colega, cada caso debe ser llevado apropiadamente, y todo debe quedar aclarado. Ahora voy en busca del misterio que usted insinuó: «El Misterio del Neceser Desaparecido».

- Yo lo llamé «El Misterio del Neceser»... eso es lo que yo dije... Y no ha desaparecido, que yo sepa.

- Espere, mon ami.

El coche enfiló la avenida Mews. Ante la puerta del número catorce Jane Plenderleith acababa de apearse de un pequeño «Austin Seven», vestida para jugar al golf.

Miró a los dos hombres, y sacando una llave se dispuso a abrir la puerta.

- ¿Quieren pasar?

Abrió la puerta y Japp la siguió hasta él saloncito. Poirot se entretuvo unos momentos en el zaguán, murmurando:

- C'est embetant.,., qué difícil resulta salir de estas mangas. Al poco rato entró en el saloncito sin su abrigo, mas Japp frunció los labios bajo su bigote. Había oído el ligero crujido de la puerta del armario al ser abierta.

Japp le dirigió una mirada interrogadora y Poirot le hizo una seña de asentimiento.

- No queremos entretenerla, señorita Plenderleith -exclamó el inspector rápidamente-. Sólo hemos venido a preguntarle si podría darnos el nombre del abogado de la señora Alien.

- ¿De su abogado? -La joven movió la cabeza-. Ni siquiera sabía que lo tuviera.

- Bueno, cuando alquiló esta casa con usted, alguien debió redactar el contrato...

- No, creo que no. Fui yo quien la alquiló. La escritura está a mi nombre. Bárbara me pagaba la mitad de la renta. Todo se hizo sin formalidades de ninguna clase.

- Ya. ¡Oh! Bueno, supongo que entonces no nos queda nada que hacer aquí.

- Siento no poder ayudarles -dijo Jane.

- La verdad es que no tiene gran importancia. -Japp dirigióse a la puerta-. ¿Ha estado jugando al golf?

- Sí -Jane enrojeció-. Supongo que me considerarán inhumana. Pero la verdad es que el estar en esta casa me deprimía. Tuve que salir y hacer algo... cansarme... o hubiera estallado.

Habló con gran vehemencia.

Poirot intervino rápidamente.

- Lo comprendo, mademoiselle. Es muy comprensible... y natural. Permanecer aquí sentada pensando... no, no debe resultar agradable.

- Celebro que lo comprenda -repuso Jane.

- ¿Pertenece a algún club?

- Sí, juego en Wentworth.

- Ha hecho un día espléndido -comentó Hércules Poirot-. ¡Cielos, ahora quedan pocas hojas en los árboles! Una semana atrás los bosques estaban magníficos.

- Hoy ha hecho una mañana maravillosa.

- Buenas tardes, señorita Plenderleith -dijo el inspector-. Ya le comunicaré cuando haya algo definitivo. A decir verdad, hemos detenido a un hombre como sospechoso.

- ¿A qué hombre?

Le miró con ansiedad.

- El mayor Eustace.

Asintió y dando media vuelta se agachó para acercar una cerilla al fuego.

- ¿Y bien? -preguntó Japp cuando el coche hubo doblado la esquina de una avenida.

Poirot sonrió.

- Fue muy sencillo. Esta vez la llave estaba en la cerradura.

- ¿y...?

Poirot volvió a sonreír.

- Eh bien, los palos de golf no estaban...

- Naturalmente. La chica no es tonta. ¿Faltaba algo más?

Poirot asintió.

- Sí, amigo mío... ¡el neceser!

Japp apretó el acelerador.

- ¡Maldición! -dijo-. ¡Sabía que había algo! Pero, ¿qué diablos es? Lo registré a conciencia.

- Mi pobre Japp... pero, ¿acaso no es... cómo diría yo... «evidente, mi querido Watson»?

Japp le dirigió una mirada desesperada.

- Adonde vamos? -preguntó.

Poirot consultó su reloj.

- Aún no son las cuatro. Podríamos ir a Wentworth antes de que oscurezca.

- Cree usted que de veras estuvo allí la señorita Plenderleith?

- Sí... debió suponer que lo comprobaríamos. Oh... sí; creo que nos dirán que estuvo allí.

Japp gruñó.

- Oh, bueno, vamos allá. Aunque no puedo imaginar lo que tiene que ver ese neceser con el crimen. No consigo relacionarlo con él.

- Precisamente, amigo mío, estoy de acuerdo con usted... no tiene nada que ver.

- Entonces..., ¿por qué...? ¡No me diga! Orden y método y todo saldrá por sus pasos contados. ¡Oh, bueno, hace un día espléndido! El automóvil corría, volaba, y llegaron al Club de Golf de Wentworth poco después de las cuatro y media. No había mucha gente, por ser día laborable.

Poirot dirigióse al encargado y preguntó por los palos de la señorita Plenderleith, diciendo que los necesitaba para jugar al día siguiente. El encargado llamó a un muchacho, que estuvo buscando entre los que había en un rincón, y al fin trajo un saco con las iniciales J. P.

- Gracias -dijo Poirot, y antes de marcharse volvióse para preguntar-: ¿No se dejó también un neceser?

- Hoy no, señor. Lo hubiese dejado en la Conserjería.

- ¿Vino hoy por aquí?

- Sí, la he visto.

- ¿Qué muchacho la acompañó, lo sabe? Echa de menos su neceser y no recuerda dónde pudo dejarlo.

- No fue ningún chico. Vino aquí y compró un par de pelotas, y sólo se llevó dos palos. Me parece recordar que llevaba un pequeño neceser en la mano.

Poirot despidióse dándole las gracias, y los dos hombres dieron la vuelta a la caseta del club. Poirot se detuvo un momento para contemplar el paisaje.

- Es bonito, ¿verdad? El verde oscuro de los pinos... y luego el lago. Sí, el lago.

Japp le miró en el acto.

- Esa es su idea, ¿verdad?

Poirot sonrió.

- Creo posible que alguien haya visto algo. Yo de usted procuraría averiguarlo.

 

CAPÍTULO X

 

Poirot dio un paso atrás con la cabeza un tanto ladeada mientras revisaba la disposición de los muebles de la estancia. «Una silla aquí... otra allí. Sí, así queda muy bien.» En aquel momento llamaron a la puerta... debía ser Japp.

El hombre de Scotland Yard fue directo al asunto.

- ¡Tenía razón, viejo amigo! Dio en el clavo. Una joven fue vista ayer arrojando algo al lago de Wentworth, y su descripción corresponde a la de la señorita Jane Plenderleith. Conseguimos pescarlo sin grandes dificultades. Hay muchos juncos por allí cerca.

- ¿Y qué era?

- ¡El dichoso neceser! Pero, en nombre del cielo, ¿por qué? ¡Bueno, no lo entiendo! Dentro no había nada... ni siquiera las revistas. ¿Por qué una joven sensata, según es de suponer, habría de arrojar al lago un objeto tan caro? He pasado toda la noche sin dormirme, porque no consigo dar con ello.

- Mon pauvre Japp! Pero ya no necesita preocuparse más. Aquí llega la respuesta. Acaba de sonar el timbre.

Jorge, el intachable criado de Hércules Poirot, abrió la puerta para anunciar:

- La señorita Plenderleith.

La joven penetró en la estancia con su acostumbrado aire de completo dominio y seguridad en sí misma, y saludó a los dos hombres.

- Le he pedido que viniera... -explicó Poirot-. Siéntese aquí, ¿quiere? Y usted ahí, Japp... porque tengo que darles ciertas noticias. La joven tomó asiento, miró a los dos hombres y dijo impaciente:

- Bueno. El mayor Eustace ha sido detenido.

- Supongo que ha debido leerlo en los periódicos de la mañana, ¿verdad?

- Sí.

- De momento está acusado de un cargo menos grave -continuó Poirot-. Entretanto, vamos recogiendo pruebas relacionadas con el crimen.

- ¿Entonces fue un crimen?

- Sí -replicó Poirot-. Fue un crimen. La destrucción voluntaria de un ser humano por otro ser humano.

La joven se estremeció.

- No, por favor -murmuró-. Es horrible decir una cosa así.

- ¡Sí... pero la realidad también lo es!

Hizo una pausa y agregó:

- Ahora, señorita Plenderleith, voy a decirle cómo llegué a conocer la verdad de este caso.

Ella miró a Poirot y luego a Japp, que sonreía.

- Tiene sus métodos, señorita Plenderleith -le dijo-. Yo le sigo la corriente. Creo que debemos escuchar lo que tiene que decirnos. Poirot comenzó:

- Como usted ya sabe, mademoiselle, llegué con mi amigo al escenario del crimen en la mañana del seis de noviembre. Nos dirigimos a la habitación donde fue encontrado el cadáver de la señora Alien y en seguida me llamaron la atención una serie de pequeños detalles. En aquella estancia había cosas realmente extrañas.

- Continúe -dijo la muchacha.

- Para empezar... el olor a humo de cigarrillos -dijo Poirot.

- Creo que en eso exagera usted, Poirot. Yo no olí nada -exclamó Japp.

Poirot volvióse hacia él con la velocidad del rayo.

- Precisamente. Usted no olió a humo... igual que yo. Y eso era muy, muy extraño... puesto que la puerta y la ventana estaban cerradas y en el cenicero había los restos de diez cigarrillos por lo menos. Era extraño... muy extraño, que el dormitorio tuviera una atmósfera perfectamente límpida.

- ¡De modo que ahí es donde usted quería ir a parar! -Japp suspiró-. Siempre le gusta llegar a las cosas por caminos tortuosos.

- Su Sherlock Holmes hizo lo mismo. Recuerde que dirigía la atención hacia el curioso incidente del perro en plena noche... y la solución era que no hubo tal incidente. El perro no hizo nada durante la noche. Bueno, continúo. Otra cosa que llamó mi atención fue el reloj de pulsera que llevaba la interfecta.

- ¿Por qué?

- No tenía nada de particular, pero lo llevaba en la muñeca derecha. Sé por experiencia que lo corriente es llevarlo en la izquierda. Japp alzóse de hombros, pero antes de que pudiera hablar, Poirot proseguía:

- Pero, como ustedes me dirán, eso no es nada definitivo. Algunas personas prefieren llevarlo en la derecha. Y ahora pasemos a algo verdaderamente interesante... amigos míos... al escritorio.

- Sí, lo imaginaba -dijo Japp.

- ¡Eso sí que era curioso... muy curioso...! Por dos razones. La primera es que faltaba algo.

Jane Plenderleith preguntó:

- ¿Qué es lo que faltaba?

Poirot volvióse hacía ella.

- Una hoja de papel secante, mademoiselle. La que había, estaba completamente limpia, sin estrenar.

Jane se encogió de hombros.

- La verdad, señor Poirot, de vez en cuando suele romperse el secante que se usa demasiado.

- Sí, pero, ¿qué se hace con él? Tirarlo al cesto de los papeles, ¿verdad? Pero no estaba en el cesto de los papeles. Lo miré. Jane Plenderleith parecía impaciente.

- Porque probablemente la habría cambiado antes. El secante estaría limpio porque Bárbara no escribiría aquellos días.

- Pero no es ése el caso, mademoiselle, ya que la señora Alien aquella tarde fue vista echando una carta al buzón. Por lo tanto tuvo que haber estado escribiendo. No pudo hacerlo abajo, puesto que no hay material para ello. Y no es probable que fuese a la habitación de usted para escribir. De modo que, ¿qué ha sido del secante con que secó sus cartas? Es verdad que algunas personas arrojan las cosas al fuego en vez de tirarlas al saco de los papeles, pero en su dormitorio sólo hay un fuego de gas y el de la chimenea de abajo no había sido encendido el día anterior, puesto que usted me dijo que estaba ya preparado y sólo tuvo que acercar una cerilla.

»Un problema curioso. Miré en todas partes, en la papelera, en el cubo de la basura, pero no conseguí encontrar la hoja usada de papel secante... y eso me pareció muy importante. Me daba la impresión de que alguien lo había ocultado deliberadamente. ¿Por qué? Porque en él había impresa cierta escritura que podía ser fácilmente leída colocándola ante un espejo.

»Pero había otro punto curioso en aquel escritorio. Japp, tal vez recuerde cómo estaba dispuesto. En el centro el secante y el tintero, a la izquierda una bandejita con plumas y a la derecha un calendario y una pluma de ave. Eh bien? ¿No lo ven? Recuerde, Japp, que la examiné... y era sólo un elemento decorativo. No había sido utilizada. iAh! ¿Todavía no lo ve? Lo diré otra vez. El secante en el centro, la bandejita de plumas a la izquierda... a la izquierda, Japp. ¿Y no es costumbre encontrarla a la derecha, puesto que se escribe con la mano derecha?

«Ahora lo comprende, ¿verdad? La bandejita de las plumas a la izquierda..., el reloj de pulsera en la muñeca derecha..., el secante recién cambiado... y algo que fue traído a la habitación... el cenicero con las colillas de cigarrillos.

»La atmósfera del dormitorio era fresca y sin el menor olor, Japp. Por

b tanto, la ventana había estado abierta y no cerrada toda la noche... Y entonces imaginé lo ocurrido.

Volvióse para enfrentarse con Jane.

- La vi a usted, mademoiselle, llegando en un taxi, despidiéndole subiendo la escalera a todo correr y tal vez gritando «Bárbara»... Abre usted la puerta y encuentra a su amiga tendida en el suelo, muerta y con una pistola en su mano crispada... la izquierda: naturalmente... puesto que era zurda... y por lo tanto la bala había penetrado en el lado izquierdo de su cabeza. Hay una nota dirigida a usted, en la que le dice lo que la ha impulsado a quitarse la vida. Imagino que sería una carta conmovedora... Una mujer joven, simpática y desgraciada que, víctima de un chantaje, decide quitarse la vida.

»Creo que en aquel mismo instante concibió usted la idea de la venganza. Aquello era obra de un hombre... ¡pues que recibiese su castigo... completo y adecuado! Coge la pistola, la limpia bien y la coloca en la mano derecha de la difunta. Coge la nota y el secante con que fue secada. Luego sube el cenicero... para crear la ilusión de que allí hubo dos personas charlando... y también un pedacito de esmalte de un gemelo que encuentra en el suelo. Es un hallazgo afortunado y espera que le aten cabos. Luego cierra la ventana y la puerta. No debe haber la menor sospecha de que usted ha estado en la habitación. La policía debe verla tal como está... de modo que no pide ayuda entre el vecindario, sino que llama directamente a la policía.

»Y continúa la farsa. Usted representa su papel con precisión y sangre fría. Al principio se niega a decir nada, pero luego expresa sus dudas acerca del suicidio. Más tarde se muestra dispuesta a ponernos sobre la pista del mayor Eustace.

»Sí, mademoiselle, muy, muy lista..., un asesinato muy inteligente... porque esto es lo que es el supuesto asesinato del mayor Eustace... Jane Plenderleith se puso en pie.

-No era un asesinato..., sino justicia. ¡Ese hombre llevó a la pobre Bárbara a la muerte! ¡Era tan dulce y tan ingenua! La pobre se vio engañada por un hombre la primera vez que fue a la India. Ella sólo tenía diecisiete años, y él era casado. Tuvo una niña. Pudo haberla dejado en una casa cuna, pero no quiso ni oía hablar de ello. Se marchó de aquel lugar y regresó haciéndose llamar señora Alien. Más tarde la niña murió. Vino aquí y se enamoró de Carlos... ese mochuelo orgulloso y presumido. Ella le adoraba... y él se dejaba adorar. De haber sido otra clase de hombre le hubiese aconsejado que se lo contara todo, pero siendo como es, le dije que callara. Después de todo, nadie sabía nada, excepto yo. ¡Y entonces apareció ese demonio de Eustace! Ya conocen ustedes el resto. Empezó a atacarla sistemáticamente, pero no fue hasta la noche pasada cuando comprendió que estaba exponiendo también a Carlos al escándalo. Una vez casada con Carlos, Eustace la tendría donde él quería... ¡casada con un hombre rico al que le horrorizaba el escándalo! Cuando Eustace se fue con el dinero que ella le había preparado, sentóse a reflexionar. Luego tomó una determinación y me escribió una nota, diciéndome que amaba a Carlos y que le era imposible vivir sin él, pero que por su propio bien no podían casarse, y que por ello iba a tomar la mejor salida.

Jane echó la cabeza hacia atrás.

- ¿Le extraña que yo hiciera lo que hice? iY usted lo llama asesinato!

- Porque lo es -dijo Poirot con voz dura-. Un asesinato puede ser que a veces esté justificado, pero sigue siendo asesinato. Usted es sincera y posee una amplia mentalidad... ¡enfréntese con la verdad, mademoiselle! Su amiga murió porque no tuvo valor para vivir. Podemos lamentarlo... o comprenderla... Pero el hecho no varía... Fue por un acto suyo... no de otra persona.

Hizo una pausa.

- ¿Y usted? Ese hombre está ahora en la cárcel, donde cumplirá una larga condena por otras cosas. ¿Desea usted realmente, por su propia voluntad, destrozar la vida... fíjese bien, la vida... de un ser humano? Ella le miró con ojos sombríos. De pronto musitó:

- No. Tiene razón. No lo deseo.

Y dando media vuelta salió de la habitación y oyeron cerrar la puerta de la calle...

Japp lanzó un silbido prolongado.

- ¡Bueno, que me aspen! -dijo.

Poirot tomó asiento, mirándole con simpatía. Transcurrió un buen rato antes de que rompieran el silencio, y fue Japp quien dijo:

- ¡No se trataba de un asesinato disfrazado de suicidio, sino de un suicidio preparado para que pareciera un crimen!

- Sí, realizado con gran inteligencia, sin exageraciones.

Japp dijo de pronto:

- Pero ¿y el neceser? ¿Qué relación tiene con todo esto?

- Pues, amigo mío, ya le he dicho que ninguna.

- Entonces, ¿por qué...?

- Los palos de golf. Los palos de golf, Japp. Eran los de una persona zurda. Jane Plenderleith guardaba los suyos en Wentworth. Aquéllos eran los de Bárbara Alien. No es de extrañar que la muchacha se sobresaltara cuando usted abrió el armario. Todo su plan pudiera haberse venido abajo. Pero es muy rápida, y comprendió que por espacio de un breve segundo se había delatado. Vio que la observábamos e hizo lo mejor que se le ocurrió en aquel momento: tratar de fijar nuestra atención en un objeto equivocado. Y nos dijo, refiriéndose al neceser: «Es mío. Lo... lo traje conmigo esta mañana... de modo que no puede haber nada.» Y, como ella esperaba, usted siguió la pista falsa. Por la misma razón, cuando a la mañana siguiente se dispone a deshacerse de los palos de golf, continúa utilizando el neceser como... ¿cómo diría yo?, como espejuelo.

- ¿Quiere decir que su verdadero objeto era...?

- Reflexione, amigo mío. ¿Cuál es el mejor lugar para deshacerse de un saco de palos de golf? No es posible quemarlos, ni arrojarlos al cubo de la basura. Si se dejan abandonados en algún sitio es probable que alguien los devuelva. La señorita Plenderleith se los llevó a un campo de golf. Los deja en la caseta del club, y cogiendo un par de bastones de su propio saco, se va a jugar sin chico que la acompañase. Sin duda, a intervalos prudentes rompe un palo por la mitad y lo esconde entre la maleza... y termina por arrojar el saco. Si alguien encuentra un bastón roto en el club de golf no es de extrañar. Es sabido que existen personas que arrojan y rompen todos sus palos cuando se exasperan durante el transcurso del juego. ¡En resumen, es cosa propia del mismo juego! Pero puesto que comprende que sus actos pueden ser objeto de interés, arroja el cebo inútil... el neceser... de un modo algo espectacular al lago... Esta, amigo mío, es la verdad acerca del «Misterio del Neceser».

Japp contempló a su amigo en silencio durante unos instantes. Al fin, puesto en pie, echóse a reír dándole unas palmaditas en el hombro.

- ¡No está mal, viejo! ¡Le doy mi palabra de que usted se llevará la gloria! ¿Nos vamos a comer?

- Con mucho gusto, amigo mío, pero el menú tendrá que ser Omelette aux Champignons, Blanquette de Veau, Petits pois á la France, y... para terminar, Baba au Rhum.

- ¡A por ello! -exclamó Japp.

 

 

 

Fundación Educativa Héctor A. García